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Un jurado popular se basa en la Biblia para condenar a muerte en los Estados Unidos

Todos pensaban que el Corán era el único texto religioso que en determinados pasajes llamaba a sus fieles a matar al prójimo. Este pensamiento llevó en su día a gran parte de la población a demonizar a los musulmanes. Pero ahora resulta que la Biblia también instiga a matar según determinadas circunstancias. ¿Qué dirán ahora los cristianos de su libro sagrado?

emmanuelclg.org
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De hecho, un jurado popular en los Estados Unidos condenó a muerte a un individuo que supuestamente mató a otra persona durante un robo. El tribunal, compuesto al parecer por personas “muy religiosas”, decidió consultar la Biblia para ver qué hacer ante un caso así.  En 2002, un periodista danés supo que el 80% de los miembros del tribunal introdujo pasajes bíblicos en la deliberación. Uno de ellos leyó en el juicio en voz alta el siguiente pasaje de la Biblia:

“Y si con un instrumento de hierro lo hiere, y muere, homicida es; el homicida morirá”.

El mismo individuo aseguró que “la Biblia es verdad desde la primera hasta la última página”, y que si la ley civil y la ley bíblica entran en conflicto, la última debe prevalecer. Además, afirmó que si le hubieran dicho que no podía consultar la Biblia, “habría abandonado la sala”.

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Odio los lunes y el laicismo de mentira

(Aviso preliminar: este artículo es más largo que un misterio)

Vamos a hablar claro, para que nadie se lleve a error. El laicismo y ateísmo de mentira, que proclaman día sí y día también la perversidad de todo razonamiento de naturaleza religiosa y la necesidad de que la Iglesia se meta dentro de su propio culo, basan toda su argumentación en un error, que es, por cierto, común a muchos de los que ellos mismos califican como integristas católicos (habrase visto mayor estupidez). El error de concepto es el de confundir a la Iglesia, y al catolicismo en general, con la Jerarquía eclesiástica.

Este error, por lo demás común a lo largo de la historia del cristianismo, fue la razón por la que, en el siglo XVI, los protestantes y los católicos se estuvieron peleando un rato largo y al final se pelearon del todo en el Concilio de Trento. Mientras que los protestantes defendían la supremacía de Jesucristo y de la propia conciencia, los católicos de la época querían colocar por ahí al Papa y a la doctrina y a la jerarquía eclesial. Curiosamente, desde entonces y hasta hoy, el tiempo ha venido dando la razón progresivamente a los protestantes. Uno de los ejemplos recientes más claros son los textos del Concilio Vaticano II (1962-1965) que, lejos de ser estrictos o cerrados, proclaman multitud de posturas y enfoques válidos, manteniendo siempre por encima a la propia conciencia. Tan lejos ha ido la unión entre católicos y protestantes que, de hecho, en 1999 se firma una Declaración conjunta sobre la Doctrina de la justificación, en la que se proclama que la salvación depende, por encima de cualquier otra cosa, de la fe en Jesucristo.

Como podemos ver, el enfoque aquí no está en el Papa –sin restarle méritos ni importancia, por supuesto- ni en los obispos, sino en el cristiano de a pie, con sus problemas y sus dilemas morales diarios. Mientras tanto, la Jerarquía, los de la fumata, están normalmente preocupados por el devenir ideológico –stricto sensu– de la cristiandad en el tiempo presente, o por muchas otras cosas de tipo administrativo, como corresponde a una institución con tanta historia detrás de sí. Debido a esto y, sobre todo, a la necesidad de la prensa del siglo XX de generar noticias constantemente, de provocar cambio en todo, se ha querido dar a la Iglesia, y al catolicismo, una imagen de inmovilismo que, no se engañen, no se corresponde en absoluto con la realidad. Fundamentalistas, los llaman. Si resulta que ahora tener principios es ser fundamentalista, díganme dónde hay que apuntarse.

Por poner un ejemplo. ¿Cuántos de ustedes recuerdan la clasificación entre pecados mortales y veniales y la consideran aplicable? Pues bien, toda esa idea quedó completamente obsoleta en el Concilio Vaticano II, que promulgó un nuevo texto en el que se establece una enorme y compleja gradación de la levedad o gravedad de las faltas según antecedentes, conciencia del sujeto, etc. ¿Cuántos de ustedes creen realmente que la Iglesia sigue considerando pecado a la masturbación y cosas similares? Hace mucho tiempo que se guarda silencio sobre este tema, como con cosas que tienen que ver con la fornicación y otros muchos asuntos de índole sexual. ¿Quiénes están hablando hoy en día por boca de los curas sobre estos y otros asuntos? Sus detractores, sus ateos y sus ministras de cultura, que por supuesto saben tanto del tema como de pelar pajaritos. De hecho, un error común entre la gente de poca formación católica –o sea, el 80% de este país- tiende a pensar en la Iglesia como una especie de cosa piramidal, como los Estados absolutistas, en la que arriba está el Papa y abajo la masa de imberbes creyentes a los que se nos puede tomar por el pito del sereno. Pues bien, según el Código de Derecho Canónico de 1983, la Iglesia tiene una estructura, digamos, reticular: cada diócesis particular puede y debe ser considerada, en sí misma, una Iglesia Universal, en la que no falta ninguno de los elementos necesarios para lograr el cometido de la Iglesia: la salvación del hombre.

¿Y por qué todo este desaguisado eclesial con los jerarcas? Pues por pereza, seguramente. A pesar de los procesos de democratización, que no debemos confundir en ningún momento con relativización, que ha sufrido la Iglesia católica en la modernidad, hay un vicio, un pecado casi más intelectual que físico, que es el cáncer actual de buena parte del catolicismo: la pereza. Al proclamar la no infalibilidad de las encíclicas, de las predicaciones, de las palabras de los obispos, e incluso del Papa y de los Concilios –son humanos, ¿no tienen, pues, derecho a equivocarse?- el peso de la decisión recae sobre el hombre individual. Ya no hay un catecismo, unos diez mandamientos infalibles a los que poder acudir como a la tabla del siete y poder decir: esto es bueno. O esto es malo. Es la cruzada diaria del católico moderno la de enfrentarse, prácticamente solo, a ciertos dilemas morales.

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El judío renegado y la cristiana culta

Un tema poco tratado en los análisis de los medios es el estudio de su ideología a raíz de las palabras utilizadas en su discurso. El decantarse por un sinónimo u otro, así como el recrearse en una determinada escena morbosa, puede dar lugar a connotaciones diferentes, llegando a decir mucho más sobre una sociedad o sobre la ideología de un medio que lo que pueda mostrar la propia noticia en sí. Una ideología manifestada a través del inconsciente, y que  a menudo traiciona a los redactores, pertenezcan a una ideología progre o retrógrada.

A continuacion vamos a citar distintos ejemplos para explicar esta idea. En este artículo de Marca se habla de los dos equipos más famosos de fútbol de Escocia, a los que se describe de la siguiente manera: “Los Rangers, fervorosos protestantes; y el Celtic, católico ejemplar”. Algo que puede parecer una estupidez puede  llegar a decir mucho en este caso de Marca, y de la sociedad. En este caso, no es casualidad que se hable de los protestantes como “fervorosos” y de los católicos como “ejemplares”. Podría ser al revés, o incluso ser más justos y no usar un término peyorativo para uno y positivo para el otro, siendo ambos clubes igualmente religiosos, pero el redactor eligió esa fórmula. Esta frase dice mucho del medio, ya que Marca es un diario deportivo, pero no por ello carente de ideología pepera como su hermano mayor, El Mundo. Pero también dice mucho del contexto social en el que se dice. Si dentro de dos mil años alguien lee ese texto, deducirá por esa frase que en el año 2.009 en España estaba mucho mejor visto el ser católico que ser protestante así como que el catolicismo era la Religión predominante de la época en ese país.

En este reportaje de El País se habla de Hans Litten, de quien lo primero que se dice, a pesar de que su vida tuvo acontecimientos mucho más importantes, es que fue “hijo de un judío renegado y una cristiana culta”. No sabemos en que se basa esta afirmación, y si es cierta o no, porque no se añade nada más sobre sus progenitores en todo el artículo. Y me pregunto yo, ¿qué aporta esta frase al reportaje?, ¿realmente son datos imprescindibles para conocer cómo fue este personaje?, o… ¿lo más importante de la vida del padre es que fue un renegado, y la de su madre que fue culta? Lo que sí está claro es que dicha afirmación, formulada de forma consciente o no, viene a ahondar más en la idea anteriormente desarrollada.

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