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Ayuda para la ciudad de Lorca

Aunque ya ha pasado casi un mes desde que un terremoto ocurriese en la localidad murciana de Lorca, en el que fallecieron nueve personas y en el que numerosas familias perdieron sus hogares, aún necesita ayuda para su reconstrucción.

Podéis enviar dinero a las siguientes cuentas:

  • Ayuntamiento de Lorca: 0049-5017-91-2117626269
  • BBVA: 0182 – 2370 – 46 – 0010022227
  • Banesto: 0030 – 1001 – 35 – 0004707271
  • Banco Sabadell: 0081 – 0627 – 34 – 0001114312
  • Bankinter: 0128 – 0010 – 97 – 0100121395
  • Caja Madrid: 2038 – 0603 – 29 – 6006640085
  • Confederación Española de Cajas de Ahorro: 2000 – 0002 – 28 – 9100510908
  • Deutsche Bank: 0019 – 0631 – 22 – 4010202020
  • La Caixa: 2100 – 0600 – 85 – 0201960066
  • Banco Popular: 0075 – 0001 – 89 – 0600222267
  • Santander: 0049 – 0001 – 53 – 2110022225
  • Triodos Bank: 1491 – 0001 – 21 – 1008280321
  • Caja Murcia: 2043-0090-30-2007007302
  • Caja Mediterráneo: 2090-0003-69-0200319893
También podéis enviar este formulario on-line de la Cruz Roja.

Además si tienes como operador móvil Yoigo, puedes enviar un mensaje al 28066 con el siguiente texto: CRE. Tendrá un coste de 1,20 €, que irán destinados en su totalidad a la Cruz Roja


Un final para una historia

Es cierto. Lo debía. Después de haber publicado dos entradas sobre el desarrollo de los acontecimientos en los Abruzzos, de cómo me sentí y cómo viví todo el asunto del terremoto, lo mínimo que debería haber hecho es sentarme delante del ordenador y escribir un final.

Pero no lo hice. No trataré de excusarme. Aún así, nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refranero popular.

Al final, todo se resolvió de una forma más o menos “feliz” (y lo pongo entre comillas porque no es justo otorgar este adjetivo a un desastre que ha costado casi 300 vidas). El Cónsul español en Nápoles vino a recogernos en un autobús, y los 25 estudiantes Erasmus que aún quedábamos en el pueblo partimos hacia Roma. En el camino, nos informaron de que seguramente nos pondrían un avión para Madrid y ya cada uno se las apañaría como pudiese para llegar a su casa. Pero debido a una intervención mía, en la que dejé patente mi imposibilidad de llegar de forma económica a las Canarias, el señor Cónsul se planteó su decisión y resolvió dejarnos decidir en qué aeropuerto queríamos aterrizar. Por lo tanto, cada uno partió para la zona de la geografía española que quedaba más cerca de sus hogares.

En Roma nos ofrecieron un albergue gratuito para pasar la noche, aunque a decir verdad dormimos más bien poco. Los primeros salíamos a las diez de la mañana, por lo que había que salir temprano para el aeropuerto. Además, a las tres de la mañana volvió a llamarme mi compañera de piso para preguntarme si estaba bien (ella sentió, otra vez, el nuevo terremoto que había sacudido las camas de miles de personas, y quiso saber si yo, desde la capital, lo había notado). Ya iba por cuatro noches sin dormir, o para ser más correctos durmiendo una media de tres horas. Al final, el jueves 9 de abril aterricé en el Aeropuerto de Gando, en Gran Canaria. Mi madre, mi padre y mi hermano me esperaban. Ahora podían creerse que estaba bien, que nada me iba a suceder.

Pero lo cierto es que los movimientos sísmicos continúan. A pesar de todo, la Università degli Studi di Teramo reanudará sus clases el próximo lunes, y a mi me quedan dos asignaturas para salvar el curso. La mayoría de mis compañeros tienen sus billetes de avión para el sábado (proveídos, por cierto, por sus respectivas facultades), pero yo aún sigo algo indecisa. Las pocas ganas de dormir entre meneos y la negativa de la Universidad de Sevilla a ayudarme con los costes no contribuyen a que me determine por volver en esta semana.

Sea como sea, lo único que es seguro es que el próximo 25 de abril debo estar en Florencia. Ni un terremoto puede posponer ya por más tiempo el momento de conocer esta ciudad mágica, mas impresionante que Roma (dicen algunos),  con su David y sus pequeñas ciudades encantadoras rodeándola (Pisa, Lucca, Siena…). Así, al menos, podré morir tranquila.


Terremotos, medios de comunicación y burocracia

De nuevo escribo desde una casa que no es la mía. Sigo sin atreverme a entrar en ese edificio tan antiguo… Ayer, cuando parecía que ya todo había finalizado, que no habría más movimientos (a pesar que desde el gordo de la pasada madrugada habíamos sentido unos cinco o seis, de menor intesidad) la tierra empezó a moverse de forma bastante agresiva. Por suerte, ahora estaba despierta y acompañada de una amiga. Al principio nos miramos, pensando que sería una réplica de unos dos o tres segundos, pero aquello duraba más de lo previsto y aumentaba la fuerza. Nos socorrimos debajo del marco de la puerta, las vecinas de arriba gritaban, lo que aumentaba el pánico que ya de por sí volvíamos a tener. Otra vez no, otra vez no, otra vez no… La gente salió a la calle inmediatamente. Yo me acerqué a casa para recuperar mi maleta con mis cosas más valiosas (mi PC y mi Nikon D-60) y comprobar que a mi compañera no le había sucedido nada. Ella no estaba allí, como había imaginado, así que tan pronto como me había hecho con todo mi arsenal salí disparada con mi amiga para la plaza central.

Allí se reunían muchísimas personas, cansadas ya de tanta broma de la naturaleza. Los Erasmus empezábamos a estar nerviosos, y más aún nuestros familiares. Todos nos decían que a qué esperábamos, que nos volviésemos para España por favor. Era hora de tomar decisiones, la cosa no estaba para juegos. Llamadas al consulado español en Nápoles, queremos respuestas, queremos información. No nos dicen nada, no tienen constancia de que en Teramo haya peligro. La maldita burocracia sale a escena y su aspecto no a cambiado:  “¿Dónde dices que estás, en Teramo?”, “ah, pero ahí no ha pasado nada, ¿no?” ” ¿Tú has sentido el terremoto? Protección Civil no nos ha informado de nada…” En fin, que ya contactarán con nosotros. Algunos compran vuelos para despegar hoy desde Perugia, otros miran por internet qué posibilidades hay, está quien habla con amigos que vivan en otras zonas de Italia para alejarse un poco de la zona de alerta. De pronto, a las doce de la noche, empiezan a llegarnos respuestas: el cónsul español saldrá mañana por la mañana (hoy) desde Nápoles en un autobús con los nombres de todos los que aquí estamos, y nos mandan para Roma. Desde allí, suponemos, nos pondrán un avión para España. Nos aconsejan que nos vayamos de Italia… aunque más que nada supongo que será para salvarse las espaldas. No sé que podría pasarle a los del consulado si alguno de nosotros resultase herido o… bueno, dejémoslo. Así, en unas horas saldré con una maleta de mano, cuatro pantalones y poco más, hacia un destino que, en realidad desconozco.

Por otro lado, he de denunciar el morbo y el amarillismo con el que los medios de comunicación españoles están tratando el tema. Ayer una compañera salió en directo en el programa de María del Monte, en Canal Sur, y para quien lo haya visto aviso que no deben creerse la mitad. En Teramo realmente no ha sucedido nada, el alarmismo con el que se trató el tema es infundando. También, los reportajes que han salido publicados en el Diario de Córdoba dejan mucho que desear. En estos días, además de estar con el corazón en un puño, alerta ante la más mínima vibración, he sentido muchísima vergüenza propia de mi profesión.

Perdonad que no ponga los enlaces a los hechos que expongo, quizá la falta de datos es patente, quizá queráis otro tipo de crónica… Pero en mi defensa he de alegar que juego con el tiempo en contra y lo que menos me preocupa son las formas. Aún así os dejo dos fotillos que hice ayer, cuando ocurrió el segundo terremoto. Sí, los primeros derrumbes en Teramo…

Grietas en un edificio público

Restos de derrumbe sobre un coche


El terremoto de la tragedia

Había conseguido dormirme sobre la una de la madrugada, puesto que al día siguiente tenía examen. Caí rendida en la cama y parecía que seis horas de sueño me serían suficiente. Estaba equivocada. Dormiría apenas dos.

A las 03.35 aproximadamente un temblor me despertó de repente. Mientras despegaba los ojos intentaba entender qué ocurría. Lo primero que pensé fue, efectivamente, en un terremoto, pero me dije a mi misma que pasaría rápido, unos segundos, que no había que alarmarse. De hecho, un amigo me había dicho cinco o seis días antes que en L’Aquila se habían sentido pequeños movimientos sísmicos. Nada con importancia… Pero los segundos, como si fueran horas enteras, pasaban y yo sentía la cama moverse cada vez más. La casa se tambaleaba. Sólo alcancé a emitir unos cuantos gritos, bloqueada por la incertidumbre y por el miedo. Todo paró entonces. Mi compañera de piso gritó mi nombre y apareció en mi habitación llorando. Decía que casi se le cae el espejo encima de la cama, que nunca había sentido nada así. Intentamos calmarnos, convencernos de que lo más duro había pasado. Encogidas en un abrazo nos mirábamos a los ojos, sin atrevernos a cerrarlos. Otro movimiento, una réplica, sacudió la habitación. La mirada fija en la lámpara que colgaba del techo. Volvemos a intentar calmarnos. Pero un tercer temblor nos terminó de dar la razón: teníamos que salir a la calle. Afuera, las calles de Teramo estaban llenas de gente. Los perros ladraban, los coches circulaban por todas partes. Al menos, parecía que no había daños materiales ni personales. Llamadas a los amigos. La ciudad reunida en Piazza Garibaldi con el canal local encendido. Empezabamos a ser consciente de todo lo que había ocurrido a unos kilómetros de casa. Hago una visita a mi familia teramana. Allí todos estaban acostados, pero ninguno dormía. Hablaban en voz baja de habitación a habitación, intentando entender qué había ocurrido, qué estaría pasando en la ciudad vecina. Me refugié con Marta, abrazada, con el alma en un suspiro. Cada vez que conseguía calmarme, un nuevo temblor movía la cama.

Así, se hizo de día. Llamadas de mi madre, porque “es la primera noticia que ha salido cuando he encendido el televisor”. Tranquila, estoy bien. Me visto y vuelvo a casa, donde mi compañera de piso seguía despierta, con los ojos llenos de lágrimas. No lograba contactar con uno de sus amigos, y a otra la casa se le había caído. La dejo y voy a la universidad a hacer un examen. Pero todo está cerrado. Es día de Emergencia Nacional. Las escuelas no abrirán en dos o tres días. Los muertos siguen esperando debajo de los escombros.

Y eso que Teramo está a unos 80 kilómetros de mi vecina ciudad de L’Aquila. Imposible describir lo que habrán sentido allí… Sin más novedades (más información la encontrareis en cualquier periódico), seguiré informando cuando vaya descubriendo más cosas.

Desde el lugar de los hechos (lamentáblemente), María.