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Al rescate de la memoria perdida del flamenco

A pesar de que el flamenco siempre se ha interpretado como una de las más contundentes muestras de dolor que jamás ha expresado el hombre a través del arte, lo cierto es que los temas que recogen este tipo de cantes casi siempre se centran en el intimismo. Son prácticamente nulas las referencias hacia los problemas sociales, salvo muy contadas excepciones. David Roldán, flamencólogo visueño, ofrece una explicación ante tal paradoja: el flamenco fue fuertemente represaliado durante el franquismo. “Siempre hubo letras subversivas contra el orden establecido, es la razón de ser del flamenco, pero con la llegada  del franquismo fueron censuradas, y sus cantaores, represaliados. Fue entonces cuando se fomentó la copla y el llamado flamenco de ida y vuelta, mucho menos peligrosos. Ahí de donde surge el tópico que aún perdura hoy día, de que el flamenco es un arte de charanga y pandereta. Pero no siempre fue así”, señala Roldán.

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La Historia en las cunetas

“La batalla de la memoria la ganó Franco, pero bien ganada”, dice el historiador José María García Márquez con la mirada intensa agazapada tras unas gafas de cristal estrecho. En esos ojos se adivinan años de escudriñamiento sobre la Guerra Civil en Sevilla y Huelva, sobre la represión y sobre la identidad de miles de personas que aún vagan por cunetas y olivares, sin nombre, sin recuerdo.

La carrera de José María está basada en la búsqueda de la historia de muchos de aquellos que murieron reprimidos desde el alzamiento de 1936, y sus historias, como leyendas negras narradas en noches de tormenta, asaltan su memoria, como la de aquél que cortó unas orejas a un fusilado para guardarlas como trofeo y fue considerado un “ardiente defensor del glorioso movimiento nacional”. Historias de estar “dentro del fango, de las catacumbas del terror”.

Su labor de investigación y reconstrucción de la historia a partir de los documentos del régimen franquista tiene como fin, además de la recuperación de la identidad y el emplazamiento de miles de personas represaliadas, el esclarecimiento de una de nuestras épocas más oscuras, “algo que no se estudia en la escuela, que es donde se debería tratar esto, como se hizo con las dictaduras del nazismo y el comunismo en Alemania”. Contribuir a “que se sepa quién era Francisco Franco o cualquier otro, que es lo importante, y no quitarle su nombre a una calle cualquiera”.

La obra histórica de José María García Márquez es fundamental para tapar los desconchones que pueblan la tapia de aquellos años oscuros sobre los que, poco a poco, con la suavidad de la distancia, comienza a caer la luz.

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Un post y una entrevista realizada por Jack Daniel’s y el que esto firma.


La puerta abierta al fusilado

El Castillo de las Guardas es el pueblo típico de la Sierra Norte de Sevilla, de casas empedradas, calles estrechas, cuesta arriba, donde impera el silencio y nada acontece. Pero aquí, como en muchos otros lugares, la quietud que invade recorre cada rincón cayó sobre el pueblo como un telón de plomo. Del mismo plomo que, veloz, irremediable, se llevó por delante cientos de vidas, de nombres, de historias, en medio del estruendo que precedió a este silencio pétreo de décadas.

El sábado, 23 de octubre, una columna de valientes ascendió a la cumbre del pueblo para desempolvar las historias tras años de sombras. Vecinos de El Castillo junto a muchos que allí tienen sus raíces pero que han echado ramas fuertes en lejanos lugares de la provincia, e incluso algunos que desde la Castilla vieja llegaron a dejar caer las hojas en la Sierra sevillana. Entre todos, piedra a piedra, con la argamasa del recuerdo y la palabra, levantaban de nuevo un gran pilar donde la luz del día claro ilumine todos los nombres de los olvidados, grabados para siempre.

“No sabemos dónde está, pero al menos ahora sabemos que no está desaparecido, que no es un extraño”.

Tener alguna certeza es el antídoto contra la duda de pronunciar el nombre de un familiar perdido, extraviado sin fin, en aquellos años. Hacerlo es como llamar, sin respuesta, lo que una vez se tuvo entre las manos y ahora no es más que niebla que se esfuma, arena que se escapa entre los dedos y ya no nos pertenece. Nombrarlos es nombrar un fantasma que vaga por los campos, que quiere volver y no conoce el camino.

“Mi abuela vivió con la puerta de la casa abierta de par en par, por si volvía su hermano, desaparecido en la guerra. Así murió, rogando a los vecinos que no la cerrasen”.

Los encuentros que organiza TodosLosNombres.org, como éste de El Castillo, sirven para abrir la puerta de la casa propia, para que la luz entre y desvele las historias de los olvidados. Para mostrar el camino de vuelta a los nombres que, como fantasmas, se arrastran por el limbo de los años sin que nadie los procure. Para construir con testimonios una casa común por cuya puerta entren todos los que vienen de tan lejos como los llevó el tiempo, a buscar su propio nombre, enterrado en la tierra, sus raíces. A redimirles con una palabra: “aquí estoy, vente conmigo”.

Un reportaje realizado junto a Jack Daniel’s.