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Lecciones de intimidad

A propósito de J.D. Salinger, ha muerto. Y con su muerte muchos periódicos han empezado a publicar aspectos desconocidos de su vida. Deben de estar defraudados, tanto editores como cotillas diversos. Ni era un misántropo, ni comía sus propias heces, ni odiaba el cine. Era un hombre normal, en una casa normal, en un pueblo normal. Había vendido millones de ejemplares de sus obras, pero prefería vivir retraído, alejado de la escena pública, anónimo. Era un marginado convencido, que consideraba a los escritores actuales unos simples “vende libros”.

Su círculo cercano le fue fiel hasta el final y nunca vendió a la prensa su intimidad, algo loable. Él murió, y su personaje, Holden Caulfield, sigue vivo. Nosotros, los reporteros y curiosos, hemos descubierto que, a diferencia de Holden, le gustaba el cine. ¡Aleluya! Hemos pasado 50 años confundiendo autor y creación, seremos palurdos. Pero el anonimato alimenta la leyenda, aunque no se quiera. Sería absurdo pensar que Salinger se iba de putas, estudió en Pencey o se pasaba el día preguntando: ¿adónde van los patos de Central Park en invierno?

Salinger amaba su intimidad y la defendía con rabia, hasta el punto de que en su foto más reciente aparecía amenazando al cámara. Lo tenía muy claro “los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida”. Y él era un propietario afortunado.

Es difícil ser anónimo hoy en día, Internet nos ha globalizado a todos. Prueben a poner su nombre en la web, les sorprenderá ver, por ejemplo, que su teléfono fijo se puede localizar con relativa facilidad, o su correo electrónico, o aquella multa de tráfico. Yo también agradezco de vez en cuando un poco de notoriedad, sobre todo cuando escribo algo de lo que me encuentro orgulloso, pero la mayor parte de las veces el anonimato es un sentimiento agradable.

Parece como si querer intimidad fuese casi un delito, las redes sociales, o muchos medios de comunicación no tolerarían que usted y yo (si fuéramos noticia) deseásemos mantener nuestra vida privada al margen. Aunque esto parece ser una opción en alza entre los artistas “no convencionales”. Banksy y Blek le Rat se juegan su libertad cada vez que quieren exponer una creación, son grafiteros y, evidentemente, sin su anonimato, su integridad estaría amenazada por la policía, que les considera unos gamberros. Sólo reconocibles por sus obras, como le sucede a Salinger, a ellos les rodea un falso misterio. Jóvenes y famosos (puede que ricos), su actitud deja mucho que desear en esta sociedad “exhibicionista”. De ahí el misterio.

Otro artista misterioso es Johann Le Guillerm, que ha estado esta semana en Madrid presentando su espectáculo circense “Secret”. Es polémico (ha llegado a comparar el Cirque Du Soleil con McDonalds), transgresor y, como los anteriores, no deja que le hagan fotos de la cara. Le Guillerm, Banksy, Blek tienen en común manera de ver el arte, y una forma de afrontar la vida que antepone el reconocimiento de su obra al de su persona (por aquello de no confundir autor y creación). Justo lo contrario que los “vendedores de libros” que denunciaba Salinger, el marginado que cumplió su sueño (y el de Holden) de vivir apartado en una cabaña. Los raros éramos nosotros.

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