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El egoísmo de los nietos. Columna de opinión

El capitán John H. Miller desembarca en la playa de Omaha, junto con su escuadra, el 6 de junio de 1944. En la película de Spielberg, este personaje -interpretado por Tom Hanks– se convierte en un héroe por salvar al soldado Ryan de la guerra. Las escenas de este título presentaron en la mente del espectador el dolor, la sangre que manchaba hasta a la cámara. Para mí fue

Flickr: MATEUS_27:24&25

suficiente con ver la película para desengañarme de la belleza de la lucha, del honor militar y de los desfiles castrenses. Pero el ejército sigue siendo una institución elegante en Estados Unidos; y esos chicos que -como yo- vimos en 1998 cómo silban las balas en el campo de batalla, sirven hoy en Iraq y Afganistán.

Hollywood tiene historias bélicas para las generaciones del siglo XX. Y el país de la libertad tiene generaciones para todas sus guerras. En estos cien años, el abuelo ficticio del capitán Miller participó en la Primera Guerra Mundial, su hijo -John Junior- luchó en Vietnam, y su nieto, en alguna de las operaciones en el Golfo Pérsico. La guerra es una droga necesaria en Estados Unidos, el pueblo necesita su dosis pequeña de héroes. Y el cine, de esas historias: es una relación perfecta.

Aún así, los conflictos del siglo XX han producido soldados distintos: los reclutas de las dos guerras mundiales fueron recibidos con besos de muchachas bellas en Nueva York; los de Vietnam, con distubios en las calles de Chicago. En el caso de las guerras modernas, las que sangran Oriente Medio, el ejército está formado por soldados profesionales, voluntarios. Ellos forman parte

Flickr: dgphill

del análisis que Kathryn Bigelow hace del héroe actual en su película The Hurt Locker; sobre todo, de los zapadores que desactivan minas en las calles de Bagdag. Son presentados como individuos superiores, que han escogido por vocación un trabajo con un pie en el cielo y otro en la tierra. Mitad robot y humano disfrazado con una escafandra, los soldados no sufren como el capitán Miller en la Francia nevada. Y, en su tiempo libre, siguen disfrutando con la guerra por televisión, con videojuegos Shoot’ em up (mata todo lo que puedas). Como dice la directora de cine: “Su coraje y audacia vienen en parte de una necesidad egoísta y no de un puro altruismo”.

La guerra en Estados Unidos es una experiencia vital, la próxima generación la va a reclamar por egoísmo, para ser como sus padres, y abuelos.


La épica de la Segunda Guerra Mundial

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La II Guerra Mundial fue un conflicto que fascina de una manera sin precedentes, tal vez solo comparado por la atracción que ejerce la Edad Media a través de la recreación mítica que hemos reconstruido en nuestros días.

Pienso que estas épocas nos atraen por el grado de exhaltación de los instintos que supusieron. Instinto de supervivencia y el instinto de matar. El ser humano reducido a su expresión más básica. Matar o morir. Morir matando. La gloria del guerrero. Nuestras sociedades occidentales han suprimido o reprimen estos instintos que tan solo tienen cuando contemplamos la pantalla o nos metemos en un videojuego.

Por eso nos gustan las películas bélicas aunque seamos profundamente pacifistas. Por eso nos fascinan las imágenes de guerra. Y si van acompañadas de una música épica como es el caso de este vídeo, la excitación ya es total.

(Vía Inner Pendejo)


Hablemos de guerra

Ni la muerte del cabo Cristo Ancor Cabello, ni reportajes como Españoles en la ratonera, de nuestros compañeros David Beriain y Sergio Caro, ni siquiera todas las evidencias existentes son capaces de hacer que este Gobierno admita lo que todo el mundo sabe desde hace tiempo: que Afganistán es una guerra.

Cuando el presidente Zapatero habla de “misión de paz” en referencia a Afganistán, en realidad no miente, porque el cometido de las tropas españolas en el estado asiático es el de reconstruir el país, asistir a la población y proporcionar apoyo logístico a las tropas de la OTAN. Sin embargo, decir eso de Afganistán es poner su situación a la altura de, por ejemplo, la de Kosovo. Y, no obstante, son muy diferentes.

Afganistán es un país donde miles de soldados se enfrentan a diario a un enemigo invisible, peligroso, con un gran y creciente poder y que lleva las de ganar. Que el Gobierno venda esto a los ciudadanos con la etiqueta de “misión de paz” o de “reconstrucción” no es un simple eufemismo, sino una omisión de la verdad. Una mentira.

Y una irresponsabilidad, cuando se trata de los soldados, porque, como dice la madre del cabo Cabello, van a Afganistán con una idea, y se encuentran con algo muy diferente. Como vimos en el reportaje de Beriain y Caro, los soldados siguen sin entender qué demonios han ido a hacer allí, si a reconstruir un país o a luchar. No saben si tienen que construir edificios y velar por la seguridad ciudadana, o si tienen que arremeter contra los insurgentes.

Algo que se vuelve insultante cuando vemos a Rubalcaba negándose a reconocer que en Afganistán hay una guerra porque no quiere compararla con la de Irak. “No tienen nada que ver”, dice. Eso es algo obvio –ya lo dijo Jon Sistiaga-, pero es algo que no implica que no haya que llamar a las cosas por su nombre. De hecho, que el Gobierno oculte la verdad de esta forma, y con ese mezquino interés político, recuerda precisamente a Irak (¿ya no se acuerdan de las armas de destrucción masiva?).

Pero es por eso mismo por lo que hay que decir la verdad. Los españoles han de comprender que Afganistán no es Irak, que España realiza una labor humanitaria (¿o acaso no?), y que es justo que nuestros soldados permanezcan allí porque el país lo necesita. Pero, sobre todo, los españoles nos merecemos un Gobierno que no nos mienta (curiosamente lo que pedían los actuales gobernantes en marzo de 2004). Así que dejémonos de propaganda. Ahora, hablemos de guerra.


El Premio Nobel, a la altura del Príncipe de Asturias

masters2.uab.es

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Incomprensiblemente, Barack Obama ha sido designado como Premio Nobel de la Paz. La máquina propagandítica  norteamericana prosigue con su camino de lavado de cara, simple chapa y pintura a un país que desde sus orígenes ha convertido la guerra y el expansionismo más cruel a costa de los más pobres  en sus más destacados credenciales. Algo huele a podrido en el país de la libertad, la democracia y de las oportunidades.

Norteamerica basa su dominio mundial en su hegemonía económica, en lo que nos vende por las buenas -o por la malas, abriendo mercados a base de guerras-. Nos intenta colar, al fin y al cabo, un estilo de vida. Ropa, hamburguesas, coches o películas nos transmiten valores que creemos propios al comprarlos. Pero en los últimos años, la imagen de los Estados Unidos ha cambiado. Ahora su imagen es la de un país rancio, expansionista, paleto y tremendamente injusto. De ahí que sea hoy día el país más odiado. Prueba de ello son los atentados islamistas o las múltiples manifestaciones alrededor del mundo contra las últimas guerras en las que se ha embarcado. ¿Quién iba a querer comer las hamburguesas que come ese tipo de gente?

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La II Guerra Mundial se empezó a ganar en Punta Umbría (Huelva)

Hoy se cumplen 65 años del “Día D”, el desembarco de Normandía. La batalla por la que soldados norteamericanos, británicos y canadienses tomaron la Playa de Omaha para terminar definitivamente con la invasión nazi en Francia. Una batalla en la que murieron 9.387 soldados norteamericanos, y fundamental para el posterior transcurso de la Guerra. Todos conocemos cómo transcurrió la operación, sobre todo gracias al cine. Pero lo que pocos saben es que la II Guerra Mundial se empezó a ganar un año antes, gracias a la operación “Carne Picada” (Mincemeat), que tuvo lugar en España, más concretamente en Punta Umbría (Huelva). El plan era engañar a los alemanes para hacerles creer que los aliados no tomarían Sicilia, sino los Balcanes, Córcega y Cerdeña.

Todo ocurrió la primavera de 1943. A la playa de El Portil llegó el cuerpo de un aviador británico, William Martin, descubierto por José Antonio Rey María, un pescador puntaumbrieño de origen portugués. Junto al cuerpo se hallaron unos documentos de suma importancia. En ellos se decía que se estaba preparando un desembarco aliado en el Mediterráneo, pero no en Sicilia, punto estratégico fundamental entre África y Europa, sino en diferentes puntos “de menor importancia” para así sorprender a los nazis.

El muerto no era realmente William Martin –el hombre que nunca existió-, sino que se trataba de un vagabundo alcohólico galés llamado Michael Glyndwr, que murió por ingerir un raticida. Ese raticida le provocó una neumonía, es decir, un encharcamiento pulmonar, similar al de un ahogado, y por ello fue considerado como el anzuelo perfecto. El cuerpo fue abandonado por un submarino frente a las costas onubenses, con la intención de engañar a los alemanes, pues estaba claro que los españoles, aunque oficialmente neutrales, harían llegar la informacion a los numerosos espías nazis presentes en nuestro país.

La información no tardó en llegar  al propio Hitler, quien cayó totalmente en la trampa tendida por los aliados.  El objetivo seguía siendo Sicilia, pero había que disuadir a los alemanes para que no concentrasen toda su defensa en la isla, haciendo así más factible su posesión. La confirmación por parte de espías aliados de que el pez había picado el anzuelo se hizo palpable a través de un escuato telegrama enviado a Winston Churchill que decía “Se han tragado toda la carne picada“.

Hitler hizo caso omiso a las advertencias de su homólogo italiano Mussolini, desconfiado ante todo lo que había sucedido, y retiró a buena parte de sus tropas de Sicilia para situarlas en Córcega y Cerdeña. A su vez, envió al mariscal Rommel, el zorro del desierto, a formar tropas en Grecia para prevenir cualquier intento de invasión continental, y tomó una de las decisiones bélicas más controvertidas de las que llevó a cabo en la contienda: sacó a dos divisiones Panzer del frente ruso, preparadas para entrar en acción en la inminente Batalla del Kursk, que constituyó el comienzo del imparable avance soviético hasta la toma final de Berlín, para enviarlas también al país helénico.

La Operación Mincemeat dio origen así a la Operación Husky, por la que se produjo la toma de Sicilia, en la que murieron 29.000 soldados del eje y 114.000 fueron capturados. Fue el inicio del fin para Hitler, pero también para Mussolini. La conquista de Sicilia fue el primer camino para la posterior toma de la península italiana, que provocó el derrocamiento de Il Duce. Tal fue el engaño, que no se llegó a descubrir hasta el año 1996, gracias a la labor de diversos investigadores de la II Guerra Mundial. Incluso hay una película que narra la historia tal como diversos analistas afirman que sucedió. El cuerpo de William Martin, el hombre que nunca existió, sigue enterrado hoy día en el cementerio de Huelva.


Este no es el típico correo cadena

Ayer recibí un atípico correo electrónico. Lo abrí por curiosidad, porque el amigo que me lo mandó no acostumbra a mandar ese tipo de correos basura. Cuando lo abrí, lo que vi no me decepcionó. Se trataba de un conjunto de 40 imágenes en las que se comparaba la situación que se vive en Israel y Palestina con lo que ocurría en la antigua Alemania nazi. El misterioso correo no lo creó mi amigo, sino que venía de una larga cadena, y tampoco tenía texto alguno. Lo irónico de todo es comprobar cómo los que ayer fuesen víctimas, hoy son verdugos. La realidad siempre superará a la ficción.

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La otra cumbre: Nairobi

Esta mañana se ha iniciado en un hotel de Nairobi una cumbre de países africanos con la intención de mediar en el conflicto que afecta a la República Democrática de Congo y Ruanda. La reunión de urgencia, promovida por los ministros de exteriores británico y francés, cuenta con la participación del presidente de Ruanda, Paul Kagame, y el del Congo, Joseph Kabila, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, además de la Unión Africana y los jefes de estado de Kenia, Tanzania, Burundi, Uganda y Sudáfrica.

A pesar de que el general rebelde Nkunda haya declarado ya que la reunión es una iniciativa inútil, los participantes esperan dar una solución a la crisis provocada por los combates entre las tropas rebeldes tutsis y las fuerzas progubernamentales en la región de Kivu Norte han provocado un número aún desconocido de muertos y más de 200.000 desplazados.

Mientras los enfrentamientos traen de vuelta los fantasmas del terrible genocidio ruandés a principios de los 90, el presidente congoleño ha acusado al jefe de estado ruandés Paul Kagame -también de etnia tutsi como el general Nkunda- de financiar a las tropas rebeldes, lo que podría incendiar las ya deterioradas relaciones entre los dos países. Ejecuciones sumarias, pueblos y campos de refugiados saqueados por los soldados de los dos bandos son algunos de los hechos que denuncia el contigente de cascos azules enviado por la ONU que, junto a otras organizaciones de cooperación, han dado la voz de alarma a la comunidad internacional.

Fuente: AFP.com