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El hombre orgulloso

Pablo Pineda Ferrer pasea por la Avenida Donostiarras de Madrid. Por la carretera M-30 pasan los coches deprisa, sin concesiones. Y por la acera, los transeúntes se cruzan y le miran. Hay un padre con su hijo que se ocultan detrás un seto para mirar. Esos ojos piensan, son fugaces y tímidos. Algunos ven a un chico con síndrome de Down otros, a un actor de cine. Pineda no les presta atención. Lleva 36 años sin hacerlo. Con sus zapatos negros arrastra su cuerpo. Le pesan los muslos y camina despacio. No tiene prisa. Le basta un metro y medio de estatura para que el sol llegue a su cara. E ilumina sus ojos negros. Son profundos como una laguna de montaña, aunque los disimula con las gafas. Cuando sonríe, comprime los párpados hasta que desaparecen esos dos puntos oscuros: se está riendo por dentro.

En la avenida Donostiarras se cruza con una mujer delgada y alta. Hablan entre ellos a voces. Se ríen y se abrazan. Ella es la señora que cuida de la familia Pineda Ferrer. Es de Málaga, como él. Tienen el mismo acento andaluz. Y está en Madrid trabajando en la casa del hermano del actor. Pineda le rodea el cuello con los brazos, y parece un niño que se despide de su madre. Con esta muestra de cariño en la calle, enlaza su infancia con la felicidad que sintió cuando ganó la Concha de Plata en el Festival de cine de San Sebastián por su papel en Yo, también. El día que le comunicaron el premio acababa de aterrizar en su tierra, donde vive con sus padres. Lloró. Y siguió llorando mientras un amigo le preguntaba el porqué. Encima del escenario del Kursaal donostiarra, el trofeo se reflejaba en las gafas de Pineda. Cada surco de la Concha es un conflicto superado para subir los peldaños hasta el estrado y hablar al público sin vergüenza. Por eso, guarda el galardón en una estantería de su cuarto.

Pineda abre el portal del edificio de su hermano, donde se hospeda cuando viene a Madrid. Y sube los tres escalones altos que comunican la entrada con los ascensores. Arrastra las piernas, se apoya en la barandilla metálica y sigue el movimiento de su pie con el cuerpo. Rechaza cualquier tipo de ayuda: puede solo. Cuando entra en casa, saluda a Gastón, un bulldog que patina con sus uñas sobre las baldosas del suelo. Y prepara una cafetera de nueva generación, tan moderna y complicada que parece una nave espacial. Lo hace sin preguntas, sin dudas. Sin pedir colaboración. Supera una barrera más. Fue igual cuando tenía siete años y un profesor le preguntó si sabía que era un chico con síndrome de Down. Pineda dijo que sí, aunque en verdad no sabía a qué estaba contestando. Pero no se amilanó y preguntó: “¿Soy tonto?, ¿puedo seguir en el colegio?”. Terminó la escuela y se matriculó en la universidad. Es el primer europeo con síndrome licenciado. Los diplomas de Magisterio y de Psicopedagogía forman parte de su estantería de prejuicios derrocados. Son, además, una estatua de los malos momentos, para no olvidar el desprecio ajeno. El actor recuerda cuando estudiaba Segundo de BUP. Fue uno de sus peores años porque sus compañeros de clase le marginaron. Nadie le hacía caso y estaba todo el día solo. Dudó de sí mismo. Pero el rechazo de los otros alumnos le hizo más fuerte. Y ahora se llena de orgullo cuando piensa que los que le despreciaron le han visto en el cine. Que también han visto su beso con Lola Dueñas.

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“La mujer sin piano”: nada de nada

La mujer sin piano” es posiblemente la peor película española de 2009. Estrenada en el Festival de Cine de San Sebastián con mucho bombo y poco platillo (por eso de no confundir el ruido con la música), su capacidad para sacar toda tu bilis es digna de estudio. Pero incluso va mucho más allá de la mera nulidad, encima su director, Javier Rebollo, se sube al carro de los mesiánicos salvacines y afirma que otra industria española es posible y su película es esa opción, ¡esperemos que se equivoque!

La sinópsis es sencilla, patética e indigna: Carmen Machi es una mujer menopaúsica a la que, sin previo aviso, le empieza a pitar un oido. Su vida es anodina; está casada y tiene un hijo, pero estos personajes no tienen ningún desarrollo en la trama. Porque Machi abandona su hogar, abandona a su marido y su hijo y se dedica toda la película a vagabundear por la noche madrileña con una maleta y una peluca. En esta “trepidante” aventura le acompaña un polaco e incluso se topa con una panda de magrebíes que le increpan, ¡apasionante!

Cuando le otorgaron la Concha de Plata al Mejor Director en San Sebastián, Rebollo fue recibido en la gala con pitos (convenientemente disimulados por TVE) y desconcierto general. Porque esta es una película que no trata sobre nada y encima se regodea en su pedantería; de “héroes anónimos” pretenden calificar algunos a los personajes. Pero estos “héroes” van más allá del anonimato y caen en el desinterés y finalmente en el hastío. Dice el director, Rebollo, que quiso hacer una película aburrida, como la vida misma. Lo que ocurre es que si eres incapaz de transmitir la desidia, acabas conduciendo al espectador al suicidio. Creo que la palabra oportuna para definir a “La mujer sin piano” es “incapacidad.

Durante 94 eternos minutos vemos a Machi pasear por Madrid con unos tacones que llegan a ser el culmen de la desesperación. Con un ritmo lento y cansino, la escasa acción se desarrolla sin llevar al espectador mas que a un callejón argumental sin salida. Al final, la aparición del polaco, que está esperando un autobús a Katowice, termina por agotar el escaso crédito del filme y demuestra lo absolutamente ridículo que es. Sirva de ejemplo la siguiente escena:

Polaco le dice a Carmen Machi que él es católico porque el Papa es polaco (era) y acto seguido se tira al suelo y empieza a rodar. Fin de la escena.

Quizá el mérito de Javier Rebollo está en conseguir tirar a la basura 94 minutos de metraje y pasar a engrosar la larga lista de pitufos imitadores de José Luís Guerín (piénsese en grandes pedantes como Jaime Rosales y Carlos Serrano Azcona) , quien les da un repaso artístico a todos con “En la ciudad de Sylvia” y tiene la decencia de no ir predicando por ahí un nuevo “cine español”. Con directores como Rebollo dan ganas de morirse. No emociona, no transmite, no crea, no, no, no… Demasiados noes y poca creatividad.

Dice Víctor Erice (grande de verdad) que no hay ningún director español actual que haya aprendido nada de él.

“La mujer sin piano” es una castaña como la Catedral de Burgos de grande.


Festival de San Sebastián: “Malditos Bastardos”

Sigo con la serie de películas que pude ver durante el Festival de Cine de San Sebastián, esta vez le toca el turno a una que ya se ha estrenado en España, con todos ustedes Quentin Tarantino e “Inglorious Basterds”

Los primeros comentarios ya auguraban una buena gamberrada tarantiniana, incluso el trailer es eléctrico y potente, pero de todos los rumores que la rodean el más veraz era: “Hay que verla en versión original,” y era cierto, la mayor parte de los grandes detalles de esta película, que implica en su trama a franceses, italianos, alemanes, radican en sus matices y acentos.

Debo reconocer que iba con muchos prejuicios a ver “Inglorious Basterds“, “Death proof” tenía mucho chapuza de andar por casa, tampoco soy un fan acérrimo de Tarantino, y sin embargo salí encantado de la última película de Quentin Tarantino. Porque el estadounidense lleva reinventándose desde sus inicios, sorprendió con “Jacky Brown y de nuevo con “Kill Bill”, obras de temáticas distintas pero con un componente común, violencia. En “Inglorius Basterds” no falta violencia, pero las técnicas narrativas, el guión y la propia historia es novedosa y fresca. Un film hecho con múchisima delicadeza en los planos (hay algunos que son auténticas obras de arte) y una excelente fotografía.

Con una estética pop y ochentera como base, el film de Tarantino deambula por frases geniales y situaciones espectaculares para terminar con un summum de violencia que deja ojiplático al espectador. Aunque sin duda, más allá del guión, lo mejor de la película son sus personajes, esos “bastardos”, soldados judíos mata-nazis, donde destaca el papel genial de Brad Pitt, pero sobre todo el caza-judíos de Christoph Waltz.

Quizá el mayor logro del director es el de saber compaginar dos historias distintas que parecen tener poco en común, aunque en ellas abundan los personajes con ansias de venganza, que esconden un pasado muy presente y que acaba volviéndose contra la realidad. Son personajes perdedores, que buscan un pequeño momento de gloria para cerrar sus heridas

Festival de Cine de San Sebastián en Sinfututoysinunduro:


Festival de San Sebastián: “El baile de la Victoria”

Del 18 al 27 de septiembre tuve la suerte de participar como Jurado Joven en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Éste y otros artículos futuros servirán para comentar todas las películas que allí vi, que no fueron pocas. Empiezo con “El baile de la Victoria” de Fernando Trueba.

Foto: Cinemascope35

Foto: Cinemascope35

El nuevo trabajo del oscarizado Fernando Trueba ha sido recibido en el Festival de San Sebastián con una frialdad inusitada para un director español de reconocido prestigio como Trueba. Uno de los mayores errores que se achacan a “El baile de la Victoria” es su inconsistencia narrativa, y es lógico, porque Trueba ha intentado crear una película de dimensiones descomunales, que trata numerosas tramas y subtramas, y que intenta ser un homenaje a muchos géneros cinematográficos, como el cine de gangsters o el de aventuras.
A pesar de todo, debo decir que “El baile de la Victoria” me gustó. Incluso su extenso metraje anima al espectador a seguir viéndola, en lugar de desanimarle.

En este punto hago una obligada referencia a Antonio Skármeta, escritor del libro homónimo (Premio Planeta) en que se basa la película y que es asímismo el autor de “El cartero de Neruda.” Por tanto estamos ante una adaptación de un libro, que, en mi opinión, siempre será más incompleta que la propia novela. Al menos en la película, se nos muestra, en un Chile que intenta recuperarse de la dictadura, a una serie de personajes marginales que intentan salir adelante y superar sus traumas. Un ex convicto que busca recuperar a su familia, una bailarina sordomuda y huerfana y un chorizo de poca monta.

Llevaba Trueba más de 7 años sin hacer ficción, fue el “El embrujo de Shangai” su última película, estrictamente hablando. “El baile de la Victoria” recuerda mucho, por sus técnicas narrativas, a una novela, de aventuras, de gangsters, de bajos fondos, impactante y delicada. Que parte de una historia de amor y superación y va extendiendo sus ramas a temas como el perdón, la reconciliación y la memoria, con el brutal transfondo de la dictadura chilena.

Aparte de una buena historia, ya he dicho que en ocasiones resulta en exceso enrevesada, son los personajes el verdadero valor de este film. Porque Fernando Trueba ha sabido crear en esta obra una serie de personajes solitarios, como compartimentos estancos, que tienen importancia por sí mismos pero que se magnifican cuendo se relacionan entre ellos. De tal forma que los papeles de Ricardo Darín, Abel Ayala y Miranda Bodenhöfer son un regalo para los actores.

Un cuento preciosista y delicado trenzado a la antigua usanza. aunque resulta incapaz de crear una historia con sentido.