El caballito pace en una tierra hueca


Caballito de extracción de petróleo / G. RIVAS

En 1963 el petróleo brotó hasta la superficie por vez primera en España. Era un charco de crudo en un patatal entre Ayoluengo y Sargentes de la Lora (Burgos), dos pueblos separados por un kilómetro escaso. Un año después, el seis de junio de 1964, esa mancha de oro negro se convirtió en un pozo de extracción, el número uno, que escupió 6000 litros de combustible. La alegría tomó el pueblo. Una luz cálida dibujaba el futuro de la comarca de Páramos, una tierra a 1031 metros sobre el nivel del mar, donde la vida es dura debido al frío intenso y al viento tenaz. La noticia corrió de boca en boca. Saltó desde los labios del millar de vecinos hasta caer en el paladar de todo el país. Y, desde ahí, la palabra sedujo a ingleses y americanos. Durante ese año, la carretera que asciende desde Sedano a Sargentes de la Lora se llenó de autoridades. En noviembre llegaron los Reyes y los periodistas del No-Do y la radio. El tono remilgado y pomposo de los medios del régimen franquista vendían el hallazgo con patriotismo. Incluso, en la Bolsa de Madrid, Campsa -dueña del 50% del negocio- suspendió su cotización para lograr más inversión por parte de sus accionistas. La curvas del camino hasta los campos de extracción, perfiladas por el río Rudrón, afluente del Ebro, vieron pasar a los americanos de AMOSPAIN, filial de Standard Oil y Texaco. Los mensajes desde la empresa eran optimismo puro, y la dictadura lo vendía como el paso hacia la independencia económica. En el pueblo les creyeron, y se fundaron tres bares más (ya había dos) para recibir a los visitantes. Hubo bautizo en inglés, porque una de las tabernas se llamaba “Snack Bar Brasserie”. También estaba “El Rey del Petróleo”. Además, hay un cartel a punto de borrarse que todavía indica la dirección al “Restaurante Javier”. La sensación de que las penurias iban a terminar también se transladó a los pueblos cercanos. Eran minúsculos núcleos en la carretera Nacional entre Burgos y Santander. Parecen sólo detalles del paisaje, y viven el mismo éxodo rural que hace cincuenta años pensaban regatear. Todavía se puede ver, en ese tramo, nada más entrar en Covanera, un hostal de tres pisos abandonado. Lleva cerrado desde siempre, más de cuarenta años. La prosperidad no duró mucho. Y ese edificio cerrado, que todavía conserva los cristales, las cortinas y el cartel de “Se vende”, es el sarcófago que recuerda a quien pasa por allí que las promesas sólo sirven cuando se materializan

Los vecinos de la Lora se convirtieron, mientras esperaban a que llegase la prosperidad, en analistas del mineral que había bajo sus zapatos. Y la charla en el pueblo parecía una reunión general de los países exportadores de petróleo. Las cifras bailaban del optimismo a la desilusión. En 460.000 héctareas (460.000 campos de fútbol) podría haber riqueza para muchas generaciones. 100 millones de barriles de crudo. O, quizá, sólo 40. La producción podría ser de 10.000 barriles diarios, o de 200. Quizá fuese un número humilde comparado con los 12 millones que sacó en 2009 Arabia Saudí cada día, pero en 1960 era un éxito si el país iba bien en sus entrañas. Ya habría tiempo de preocuparse del resto del mundo. Y por si ese peldaño se conquistaba, se planteó una idea obvia: manda el petróleo a los vizcaínos, que ellos sabran tratar con otras superpotencias. Por eso, se proyectó un oleoducto entre Burgos y Bilbao. Eran 150 kilómetros de tuberías hipotéticas, encima de un mapa, pero, a partir de ahí, Portsmouth ya tendría nombre de pueblo castellano. El futuro se medía en hectáreas, en barriles, en caballitos: las torres de extracción que pacen; y en dolares de los americanos. Pero apareció el arsénico. Un elemento químico que se sumó a la lista de tecnicismos ya cotidianos. Y que era mejor no pronunciar. Si aparecía mucho arsénico en el crudo, la extracción y el refinado serían más costosos porque desgasta más rápido las piezas. Y lo había.

El oro negro se evaporaba por culpa de un químico con nombre de bisabuelo. El arsénico es tan cruel que es capaz de presentarse en tres colores: el amarillo del oro, el negro del petróleo y el gris. El gris, un punto intermedio entre la alegría y la tristeza. El equilibrio calculado, incapaz de cambiarle la vida a un pueblo humilde de Burgos, la careta más frecuente del elemento. El sueño duró tres años. Se quebró la jarra de los deseos en 1966 cuando se fijó una cifra para que el yacimiento fuese rentable: un millón de toneladas de producción de crudo al año. No se llegó ni a la cuarta parte. La Lora volvió a ser un páramo hostil, que no interesaba. Se fueron los dolares y el wiskhy, que se llegó a beber “más que el vino”, como todavía recuerdan en el pueblo. En Sargentes, Ayoluengo y Valdeajos se plantaban patatas, de eso habían vivido antes. Y mientras el tubérculo germinaba, distintan empresas intentaron arar la tierra para más ‘caballitos’. Los americanos se quedaron, a través de la filial de Amospain -Chevron- hasta los 90. Entonces llegó Repsol. Durante doce años, la explotación se convirtió en un divertimento de la compañía española. Allí, entrenaban a sus técnicos. En 2002 la licencia pasó a Northern Petroleum. En 2006, a Ascent Resources. Y, después, a Leni Gas & Oil, el último nombre para que el pueblo aprenda inglés.

En primer plano, la torre de extracción. Al fondo, los campos eólicos / G. RIVAS

En el verano de 2010, el runrún mediático volvió a señalar a la Lora. British Petroleum (BP) había comprado en junio toda la producción de los próximos cinco años. Un bombazo. La sensación era como volver a 1963 y ver el petróleo escupido a presión desde el suelo. En cambio, en el único bar que queda abierto en el pueblo ‘El oro negro’, nadie apuesta sus ganancias en el mus por esta aventura. Un anciano que ha venido a jugar a las cartas con su mujer construye con sus palabras una teoría conspiratoria: “La compañía quiere salir en los periódicos para mejorar su mala imagen por el vertido en el Golfo de Méjico. Y lo han logrado, porque la cotización de la empresa en Wall Street ha subido un 31%”. En el páramo burgalés están atentos a lo que ocurre en Wall Street, aunque el paisano se equivocó, porque no fue en el parqué estadounidense, sino en el de Londres. Pero la charla entre cafés intenta destapar juegos políticos oscuros. La camarera se apunta. Recuerda que el espacio que ocupan los yacimientos es un parque natural, y que para hacer más catas necesitan un permiso especial. Por eso, las noticias que salen en los medios económicos son una manera de presionar al Gobierno. Puede ser un intento de volver a construir el mito del ‘oro negro’. La misma expresión que cuelga en el letrero del bar-gasolinera con mucha ironía, poque los surtidores que había antes, bajo la marquesina del local, ahora están sepultados con cemento.

Pero son sólo palabras, que recuperan las promesas del pasado con pena. Y no creen en ese futuro viscoso y denso. “Yo hasta que no vea que los pozos traen riqueza al pueblo, no me creo nada”, sentencia la dueña de la taberna. Porque, aunque las fábulas vuelven a caminar por la Lora, los esqueletos agonizantes de los caballitos arrastran su cabeza en un balancín cansino. Van a desfallecer en cualquier momento. La sombra que dibujan los 12 animales metálicos ni siquiera es capaz de honrar a los 53 compañeros que fueron en la manada. Tampoco se unieron sus pisadas al oleoducto vizcaíno, que iba a conectar otra vez Castilla con el mundo, como ya pasó con la lana en la Edad Media. Y la tubería se convirtió en un gusano muy apegado a su tierra, porque sólo desciende del páramo hasta una estación de servicio en Quintanilla Escalada, tras cruzar el Ebro, el único mar que el petróleo burgalés conoce. Es lógico que la historia terminase sin gigantes de la era industrial. La producción de barriles diarios disminuyó hasta los 150, en 46 años se han succionado 20 millones, y Leni Gas & Oil jura poder igualar ese número en una década. En Sargentes de la Lora, incluso, han dejado de preguntarse por el dinero, por los dolares, que les iban a solucionar la vida. En ‘El oro negro’ siguen las especulaciones sobre ese tema, pero nadie se exalta, como mucho, se lo toman con humor. El anciano que, acompañado por su mujer, se pasa por allí para jugar al mus, señala a un vecino que le da la espalda: “No nos hicimos ricos en la comarca, pero este que está detrás de mí siempre ha vivido como un coronel con el dinero del petróleo”. Uno con suerte, porque la explotación apenas dio trabajo a un par de habitantes, el resto de la plantilla (30 en los mejores años), venía cada día desde Burgos. Y tampoco llenó las arcas del Ayuntamiento, porque la compañía pagaba los impuestos en Madrid: toda la tierra era del Estado. El señor de la taberna, mientras paga el café, en euros, rememora por un instante los dolares que pasaron por su mano: “Todavía guardo alguno, aunque nunca nos dio de comer”. Se marcha sin jugar la partida, y la señora le sigue mientras suspira por “ese grupo de chicas que nos juntábamos los fines de semana para echar un mus, ya no queda nadie”. Los habitantes de Sargentes de la Lora, entre 1960 y 1970 los supuestos años de bonanza, se redujeron a la mitad: 807 a 457, en 2006 tenía 169 vecinos.

Quedan pocos lugareños que sigan mirando al suelo. Sólo se agachan un par de jóvenes para sembrar y cosechar girasoles. Es el cultivo subvencionado por el Gobierno, ni siquiera las patatas de los padres crecen ya. No hay odio, ni rabia en las palabras de José, un paisano que vuelve cada verano al pueblo de su mujer. Sólo se percibe el humor, la ironía, por recordar la felicidad de los años sesenta, y las promesas vacías. La misma ironía que cuelga del cartel del bar ‘El oro negro’, o del albergue rural ‘La inquietud’. La misma que traza un paisaje de chiste, en la cumbre de un páramo, a 1031 metros sobre el nivel del mar, donde los ‘caballitos’ pacen moribundos, y unos aerogeneradores gigantescos les vigilan como si fuesen pastores. El viento poderoso, constante y frío que raja el rostro, que complica los inviernos, es el que da la vida a la Lora. La ironía de esa visión es el camino del olvido de los vecinos. Los habitantes de la comarca han dejado de mirar al suelo, y prefieren el observatorio astrológico que han construido cerca de sus casas. Desde ahí, ven el futuro, una sábana de estrellas que se mueve con el aire de sus molinos de viento.

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