Cinco minutos de gloria: La redención en el terrorismo


Hay pocas películas en la filmografía internacional que retraten la visión que tienen las víctimas del terrorismo sobre lo que les ha ocurrido. A la figura del terrorista, sus motivaciones o el contexto que le rodea, siempre se le ha dedicado un análisis más profundo, posiblemente porque es un personaje que despierta una fascinación difícil de medir, incluso peligrosa. De tal manera nos encontramos con numerosos filmes dedicados al terrorista; Hunger, Tiro en la cabeza, Munich, Yoyes o Paradise Now. También hay muchas dedicadas a actos de terrorismo como Omagh u Operación Ogro. Al terrorismo de Estado; GAL y En el nombre del padre. O al terrorismo como fenómeno como La pelota vasca, de Julio Médem. Por eso, Cinco minutos de gloria, que se estrenó en España el 9 de abril (aunque su distribución, hasta donde sé, es más bien anecdótica) supone un aire renovador para el género, los protagonistas, estos sí, son víctimas enfrentadas a sus verdugos.
En Cinco minutos de gloria (Five minutes of Heaven) se nos presentan dos personajes cuyas vidas se vieron transformadas a raíz de un atentado en 1975 del grupo paramilitar norirlandés UVF (Fuerza de voluntarios del Ulster) en el que un joven católico irlandés es asesinado en presencia de su hermano menor por un pistolero protestante. En la película, uno es el que dispara, el otro es la víctima. Veinticinco años después se ven las caras en un programa de televisión que intenta cerrar las viejas heridas del conflicto irlandés. Esos cinco minutos de gloria son para el asesino Alistair Little (Liam Neeson) el reencuentro con la redención, para la víctima, Joe Griffen (James Nesbitt) con el trauma de su existencia.

La película arranca en un viejo caserón que servirá como set de rodaje del programa. En una de las habitaciones, la víctima, Joe Griffen, se pasea de un lado para otro como un ratón encerrado, nervioso ante el reencuentro con Alistair Little, el asesino. Es esta parte inicial de la película sin duda, la que más fuerza tiene. James Nebbit consigue transmitirte toda la angustia que palpita en su corazón, el lenguaje está cargado de violencia, se respira tensión, aunque no se sepa muy bien de donde proviene ese sentimiento. La maestría del director Olivier Hirschbiegel (El hundimiento) se demuestra aquí gracias a la confrontación de ambos personajes. Mientras la víctima está desquiciada, agotando un cigarrillo tras otro. Liam Nesson se presenta en el set tranquilo, con un traje impoluto, hasta diría que el cabrón huele de fábula. Le maquillan tranquilamente y espera a su oponente, como si de un bastardo ring de boxeo se tratase. Al final, la pelea no llega. Pero el directo consigue transmitir el dramatismo del encuentro sin que este llegue a producirse, cada gesto, cada mirada al vacio es una declaración de intenciones. El espectador en ese momento respira pánico.

En el segundo acto, las vida de nuestros dos héroes, Alistair Little lo es por arrepentirse y buscar el perdón, el otro por casualidad, se desarrolla con normalidad, con sus familias, sus aspiraciones. Pero no encuentran un sentido a esa normalidad, su existencia ya está traumatizada. El personaje de Nebbit, Joe Griffen, advierte que su vida es una basura, que es incapaz de ser feliz por aquel fantasma que le lleva veinticinco años persiguiendo. Es un muerto en vida que necesita redención. Por su parte, el personaje de Nesson ha adquirido cierta relevancia pública, tiene bastante éxito y aparentemente, un vida hecha. Pero también es un desgraciado, un infeliz, paradojas de la vida. Aquel encuentro siempre porstergado se produce, pero es en vano, perdonarse no va a mejorar sus vidas. Griffen sigue siendo un despojo, agarrado sin fuerzas a lo poco que vale la pena de su existencia, Little, será siempre un hijo puta.

Decía al principio que son pocas las películas que abordan la psicología de la víctima. En este caso creo que Cinco minutos de gloria lo ha logrado. El director ha construido un filme bello, con muchísima tensión interna. Una película de personajes, imprevisibles y también magníficos. Espero que al espectador, al menos a mi me impactó, le cale esta película sin mensaje, sin valentías ni superaciones, un filme de humanos contra humanos, con lo patético que es eso.

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