Los Intoxicados


Metrópolis y la máquina a imagen de algunos hombres.

Por José Ramón Otero Roko, publicado también en CineArte 16 y en el periódico quincenal Diagonal, (Culturas). Una versión ampliada aparecerá en “Cuadernos para el diálogo”. Rebelión, a su vez, también ha reproducido el texto de Diagonal. También ha sido tradudido al euskara en la revista Aldaketa.
¿Adonde llevaban estas escaleras? Las puertas se abrían rebotando contra los muros. ¿Los templos de las salas de las máquinas? Las deidades, las máquinas-dioses de Metrópolis. Todos los grandes dioses vivían en templos blancos. Baal y Moloch, Huitzilopochtli y Durgha. Algunos terriblemente sociables, otros espantosamente solitarios. Aquí, el carro divino de Juggernaut; allí, las Torres del Silencio; allá, la cimitarra de Mahoma; más allá, las cruces del Gólgota.
Y ni un alma, ni un alma en las salas blancas. Las máquinas, las máquinas-dioses estaban terriblemente abandonadas. Pero todas vivían, sí, todas vivían realmente una vida mejor, una vida ardiente.
Porque Metrópolis tenía un cerebro.
Metrópolis tenía un corazón.”

Thea von Harbou, “Metrópolis” p.144 Ed. Martínez-Roca.

Berlín revelará en su LX edición la copia restaurada de uno de los films míticos de la historia del cine y una de sus grandes obras maestras, “Metrópolis” (1926) de Fritz Lang. Después de su anterior restauración, en 2002, que añadía veintidós minutos adicionales, se encontró en 2008 en Argentina una copia en 16mm que contenía treinta minutos más y que ha dado lugar a un nuevo montaje, con escenas esenciales que hasta ahora sólo han podido ser vistas en un pase especial en el teatro San Martín de Buenos Aires. La Berlinale, el 12 de febrero, proyectará esta versión en el teatro Friedrichstadtpalast acompañada de la Rundfunk-Sinfonieorchester de Berlín, que será muy cercana a la que se estrenó en Alemania en enero de 1927.

Ambientada en 2027 la película escrita por la compañera de Lang, la novelista Thea von Harbou, simpatizante de los nazis en esa época y más tarde, en 1933, militante del NSDAP, cumplía los objetivos del nacional-socialismo alemán para movilizar a una opinión pública muy tocada con la crisis económica. El partido de Hitler tenía un gran enemigo, el anarquismo, el socialismo y el comunismo alemanes, que predominaban en las clases trabajadoras, pero tenía un enemigo aún mayor, los judíos, los cuales precisamente eran muy activos entre la clase obrera, técnicos cualificados, intelectuales, artistas y miembros de los cuerpos más avanzados del cambio social en Alemania, lo que para algunos era “la decadencia de la patria”. Siendo ese el objetivo era obvio que lo más fácil era señalar a sus más decididos activistas aliados con sus hermanos de religión, los financieros judíos, que provocaban las envidias de la burguesía alemana, favoreciendo de ese modo a los aristócratas y militares alemanes que habían perdido una guerra y que ansiaban tanto la desaparición de la agitación obrera como la de sus competidores económicos.

La copia de Metrópolis que tengo entre mis manos es la de dos horas y diecisiete minutos de duración, con música de Peter Osborne, del año 1988. Quizás la más ampliamente distribuida en la últimas dos décadas. Refutar hoy la obra de Lang como una astucia fascista sería minusvalorar su condición de obra de arte de la historia universal, pero resultará útil para el lector hacer una pausa detenida en cada una de sus secuencias iniciales y trasladar su inmortal valor de 1927 al siglo XXI, esperando que la profecía de Von Harbou no se cumpla dentro de diecisiete años. Invito al lector a acompañarme en lo que no es sino la visión cuidadosa de lo que la pantalla mostraba sin otra intención aparente que la de convencernos de un mero entretenimiento y aliviar las fatigas del ser humano de aquellos días con la imaginación que fomentaba el cine mudo.

Comienza el film declarando su radical modernidad con la especial tipografía de los números del reloj, un reloj de diez cifras, que no es otro que el del despacho del amo de la ciudad, en el que se empieza a contar la llegada del turno de día en Metrópolis. El ocho, sin embargo, se asemeja curiosamente al carácter ‘s’ de la tipografía gótica, la “Frakturschrift”. Este detalle es especialmente interesante si se sabe que durante siglos católicos y luteranos en Alemania, y en toda Europa, utilizaban un tipo diferente en sus periódicos y libros, siendo el humanista para los católicos y el gótico para los luteranos, que los nazis convertirían en su tipografía de cabecera hasta que Hitler la prohibió en 1941 sospechando que hubiera sido creada por un judío por su parecido a los caracteres hebreos de un libro. Este detalle cobra importancia en una película de ciencia-ficción en la Alemania de aquella época y pone en antecedentes al espectador de que se trata no de un mero divertimento acerca del futuro sino que hablaba y ponía en valor las discusiones de una clase social concreta acerca del los tiempos que llegaban.

A continuación se muestra la entrada y la salida de los obreros a la fábrica, en una secuencia que ha quedado grabada en la memoria de los espectadores mucho más que la fundamental de los hermanos Lumiere. Resulta increíble que Fritz Lang la hubiera rodado sin otra intención que mostrar la alienación del trabajo; los operarios entran y salen como un ejército de sirvientes que han sido despojados del derecho a llevar la cabeza alta, conscientes de que su trabajo no sólo sostiene la fábrica sino al sistema mismo que atenaza sus vidas. Su simultaneidad, su sincronía, su mecanización, sólo puede devolvernos un mensaje opuesto al de los nazis y el comienzo de la última fase de desarrollo del capitalismo con la segunda guerra mundial, vista hoy. Pero realizada en 1926 la película buscaba compartir las bases proletarias del socialismo alemán y expresar la correspondiente preocupación por sus condiciones laborales por parte del partido de Adolf Hitler.

Lang, en un primer momento, filma a los obreros en la fábrica siguiendo una coreografía. La coreografía del orden. De espaldas a sus compañeros, pendientes únicamente de pulsar los botones necesarios para que la máquina siga en marcha. Hasta que el agotamiento puede con uno de ellos que no alcanza a impedir que la temperatura del artefacto suba y la máquina explote. Entonces la máquina aparece como el dios Moloch, en el que los trabajadores se inmolan y sus hijos reclaman su sacrificio desde lo alto de las escaleras. La visión es de Freder (Gustav Fröhlich) el hijo del amo, y apenas dura unos segundos. Le sucede la realidad, en que los obreros portan en su brazos a sus compañeros heridos en la explosión. La mecanización del mundo moderno, la crueldad de su procedimiento, logra un horror que para Freder, el hijo de los dueños de la fábrica, sólo puede ser narrado desde la religión, aunque se trate de la religión fenicia, donde Moloch es el fuego purificante al que los hombres han de ofrecerle su sacrificio.

A continuación, arquitectónicamente, la ciudad de Metrópolis se muestra cuajada de autopistas aéreas, surcada por aeroplanos y dirigibles, atravesada por unas cuadrillas de caminantes que surgen de las profundidades y que no son otros que los obreros que desempeñan algún tipo de tarea en los niveles más altos de la ciudad. El padre de Freder, Johhan ‘Joh’ Fredersen (Alfred Abel) al que éste ha ido a contarle su visión, es mostrado por la cámara como un hombre responsable, preocupado por sus decisiones, que conoce, sin cuestionarlas, las órdenes que dan forma al sistema. No hace mucho caso de Freder, “semejantes accidentes son inevitables”, pero se toma muy en serio que su propio hijo haya entrado en la fábrica, penetrando en el mundo opuesto. “Quería ver a nuestros hermanos. Fueron sus manos las que construyeron nuestra ciudad, padre”. Freder aparece como un alucinado, como un hombre que ha tenido una visión reveladora que el mundo no puede comprender porque, tanto la praxis marxista como la dinámica burguesa se muestran igual de implacables, no se ha de abandonar el mundo para el cual se ha nacido, ni siquiera para vislumbrar el que nuestros actos niegan.

Y la arquitectura de Metrópolis reaparece. Esta vez en sus edificios más altos, bellísimos, aparentemente imposibles. Es en estas tomas y no en su tejido moral, por otra parte muy contagiado del fascismo y plenamente contemporáneo en un mundo de alianza de clases y de promesas de que el trabajo nos hará libres, donde la película sigue manteniendo su vigencia como film distópico de ciencia-ficción. La ciudad en la superficie, el norte, es un mar de rascacielos, aún hoy, en la arquitectura actual, de plena vanguardia, mientras que la sociedad subterránea, el sur, es una ciénaga de bloques de unos cuantos pisos. En el norte existe tal libertad que los hombres vuelan en sus aeroplanos y dirigibles, en el sur, “los hermanos de los amos”, se arrastran en la monotonía y la culpa. La producción divide los dos mundos, el que la crea y el que la disfruta.

La famosa toma de la cortina que se cierra sobre el mirador de la gran ciudad, que Blade Runner “coge prestada” de Metrópolis, está precisamente en ese momento, antecedida de unas reveladores palabras que la película de Ridley Scott contestaría años después de una manera muy diferente a la de el film que nos ocupa. Freder pregunta a su padre ¿qué harías si algún día se revelaran contra ti? Y el padre, el padre de Metrópolis, niega el mundo, que entra por los ventanales, oprimiendo un botón y cerrando las cortinas.

Entonces el capataz viene a revelarle una peligrosa confidencia a su amo, entra por la puerta el mundo sobre el que se han cerrado los visillos. Los obreros, como se sabrá después, elaboran planos de las catacumbas de la ciudad, muy por debajo incluso de los niveles inferiores donde viven los obreros, y un par han sido encontrados en los cuerpos sin vida de dos de ellos muertos en la explosión. El amo los lee y los mira con el mismo gesto, con la misma posición del cuerpo, y las manos, con que sus obreros entran y salen de la fábrica. Lang no rueda por casualidad ninguna de las secuencias, por ejemplo, la pareja protagonista es rodada en primeros planos repletos de luz y sus contrarios siempre de perfil y con un aire más oscuro en el encuadre, no plantea la disposición y la actitud de los personajes en el espacio escénico por casualidad. En aquel tiempo, en el tiempo de las revoluciones, como la tecnológica que se da hoy día, los apoderados, los constituyentes, se dan cuenta de la extrema fragilidad del mundo en el que viven, de la caducidad de su posición, de la tarea a la que está abocado el mundo nuevo que les relevará. El amo de Metrópolis lo acepta con su lenguaje corporal, él no es más que una pieza más del engranaje de los tiempos que será reemplazada, que culminará su tarea tomando el lugar de las que ahora dirige. Esta revelación, de origen marxista, esta determinación de las clases a su superación y desaparición, es uno de los rasgos de la primera mitad del siglo XX que Von Harbou combate con tenacidad, y que Lang ofrece en un primer momento. Pero el amo se rehace y son sus hijos, su hijo Freder y su secretario Joseph, los que ahora adoptarán la postura corporal de los asalariados.

Freder logra descender a la ciudad subterránea donde se encuentran los trabajadores. Allí volverá a darse de bruces con sus condiciones y la narración descubrirá la existencia de Rotwang (Rudolf Klein-Rogge) el inventor, que vive en una vieja casa en el centro de la ciudad. Rotwang (que está formado en el alemán por ‘Rot’, rojo, ‘wang’ mejilla, “mejilla roja”) ha creado una máquina, a imagen del hombre, que sustituirá a los obreros (“ahora ya no necesitamos más obreros vivos”) y que está siendo mostrada al padre de Freder. Este plano, uno de los más famosos de la película, tiene la peculiaridad de que, en medio de tal abominación, aparece en el laboratorio de Rotwang, sobre el robot, un símbolo muy parecido a la estrella de David, lo que remitía directamente a las bases electorales del nacional-socialismo al odio a los judíos, sospechosos, por su inteligencia, de proyectos secretos que traicionaran a la clase trabajadora. Incluso el amo de la ciudad, la patriota burguesía alemana, duda unos momentos del invento del judío  Rotwang y teme el holocausto de los obreros a manos de las máquinas, lo que resulta ser, en términos fílmicos, una peligrosa premonición de las mentiras que llevaron a los nazis al poder en 1933.

Rotwang acompaña a Johhan Fredersen a las catacumbas, mientras Freder, su hijo, empieza a percibir el agotamiento del trabajo y encuentra uno de esos mapas. Además alguien le ha dejado un gorro que le identifica, más si cabe, con la condición alienada de los trabajadores de la fábrica, vestidos igual, realizando  idéntica mímica en sus puestos, a las órdenes de los engranajes de la gran máquina que hacen funcionar, los obreros se vuelven indistinguibles y por tanto reemplazables. Ellos bajan a las catacumbas a escuchar la profecía de María (Brigitte Helm) que anuncia el advenimiento de un “mediador” que haga de puente entre la clase dominante y los dominados y mejore su condición. El propio Freder, agotado, se encuentra entre ellos y escucha la revelación de María, que habla entre cruces cristianas y cirios, atenazado por sus palabras y arrodillado.

Mientras Joh ve la escena desde arriba, desde una cavidad que Rotwang le ha mostrado en los pasadizos, María cuenta a los obreros la historia de la torre de Babel: “Aquellos que concibieron la idea de tal torre, no podían construirla por sí mismos, así que contrataron a miles para que lo hicieran por ellos”. Y entonces llega el colofón, la máxima de la novela de Von Harbou y de la película de Lang, de la que años más tarde, con los nazis derrotados, abominaría y reconocería que se había equivocado. “Entre el cerebro que planea, y las manos que construyen, debe de haber un mediador. Es el corazón el que debe de proporcionar un entendimiento entre ellos”. Y ese no era otro que el fascismo, disfrazado de un humanismo que pretendía suplantar las ambiciones de una sociedad más justa por una estructura vertical donde los trabajadores no podían ser otra cosa que “manos que trabajan”, los privilegiados “cerebros que planean” y el partido de Adolfo Hitler su mediador, el corazón de la patria. Recordemos la paradójica frase de Goebbels:“Gobernemos gracias al amor y no gracias a la bayoneta”. En esa línea desaparecerían las protestas sindicales, las organizaciones de trabajadores y se perseguiría a izquierdistas, judíos, gitanos y miembros de la minorías hasta exterminarlos, por amor.

Las resonancias religiosas, proféticas, de la revelación de María comienzan por su propio nombre y se desencadenan en la puesta en escena, atiborrada de cruces y cirios, que hemos descrito. Pero acuden a nuestra memoria el sacrificio de los trabajadores en el dios pagano, la redención, la pureza, la revelación. Metrópolis juzga a los trabajadores incapaces de encontrar la verdad por sí mismos y les exhorta a buscarla en el sistema de relaciones jerárquicas de la religión, una religión del siglo XXI, donde el asalariado sólo puede aspirar a ser esclarecido por el iluminado, un iluminado que, casualmente, como se repite en el hecho religioso, sólo viene a reforzar el anclaje de la pirámide social en el devenir de los tiempos que cambian para que nada cambie.

Entre los obreros que bajan la cabeza acogiendo las palabras de María y se llevan las manos al corazón y se arrodillan, emerge uno que pregunta dónde está el mediador. Freder se siente inmediatamente concernido por esas palabras y María le observa reconociendo al hijo del amo de la fábrica. “Sed pacientes. Seguro que vendrá”. A lo que le contestan “esperaremos, pero no por mucho”, lo que anticipaba una estructura clásica de la publicidad, a la que tan aficionados eran los nazis, que puntualiza que primero se crea una necesidad y después se ha de ofrecer un producto.

Joh Fredersen ha observado todo esto y se preocupa. Recordemos que en aquella época aún no era posible despertar las simpatías de los trabajadores y de la burguesía al mismo tiempo. Se lleva las manos a los bolsillos y ordena a Rotwang que haga el robot con la apariencia de la chica. Debe secuestrarla y suplantarla por la máquina para que siembre la discordia entre los obreros. Rotwang lo hace y conduce a María hasta su casa, ella clama desde una claraboya y Freder, que pasea sin rumbo fijo, la escucha y se abalanza sobre la casa de Rotwang que tiene, bien visible, una estrella de David en la puerta. Esta imagen es fundamental, primero porque nos remite al consentimiento de la persecución a los judíos que ya había comenzado. Segundo porque la escena es deliberadamente ambigua y parece que Rotwang forcejea con ella en un intento de violación, lo que causa sospecha y alarma entre los espectadores. Freder entra a rescatarla y queda atrapado dentro de la casa; el inventor ha  dispuesto una serie de artilugios en las puertas que impiden penetrar en su interior. Estas puertas trampa llevan así mismo la inscripción de la estrella de David en su hoja, recordando al espectador, en todo momento, en casa de quién se encuentran, las de los judíos tienen mil trucos y más valdría no visitarlos, ni conocerlos, sino desconfiar de ellos… Rotwang, el científico, prepara la transferencia de sus rasgos al robot. Se produce ahí uno de los planos más bellos del género de ciencia-ficción de la historia. Con un sorprendente efecto de unos anillos que giran en torno a él, la apariencia de María es replicada por la máquina que aparece sentada, hierática, predispuesta y que adquiere la apariencia de la vida de golpe, renacida.

Hasta ahí el inicio del recorrido en la película de Lang. ¿Qué sorpresas nos depara el nuevo montaje? ¿Qué otros criterios además de los comerciales determinaron el corte de tantas escenas del film? ¿Puede sostenerse que la obra del director austriaco era fundamentalmente estética y no le preocupaban los aspectos éticos de la cinta? Berlín nos proporcionará respuesta, a estas, y muchas otras preguntas, la historia del cine volverá a llenarse del asombro y la sorpresa.

Más entradas de José Ramón Otero Roko en el concurso, pinchando aquí.

Material anexo al texto:

Escenas añadidas en la restauración de 2002 (25 videos) en Youtube

Libro Metrópolis (en inglés) en Archive.org -Dominio Público-

Cobertura del canal ARTE de la presentación de Metrópolis en la Berlinale

[Lista CC-Chile]: ¿Por qué Metrópolis ya no está en Archive.org?

[Foro Archive.org]: ¿Podría volver Metrópolis al dominio público?

©Licencia Creative Commons Reconocimiento-Compartir-Igual
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16 responses to “Los Intoxicados

  • haikuzenbudismo

    Gran Artículo. Voto por este

    • Roko

      Gracias. Me alegro que te haya gustado. Decir que la proyección en Berlín ha sido un éxito según me han dicho.

      Un saludo.

  • Roko

    Quisiera aclarar, antes de que haya algún comentario en ese sentido, que Aldaketa (cambio) es la edición de Cambio 16 en euskara, al igual que se hace otro para Cataluña, llamada “Cambi”, en catalán. Todas ellas, Cambio 16, Cambi y Aldaketa, así como otras como CineArte 16 o Cuadernos para el Diálogo, son publicaciones del Grupo EIG/Multimedia, que me da total libertad creativa y que permite que licencie los textos con una licencia Creative Commons y pueda publicarlos, incluso antes de hacerlo en la revista, en otros sitios, por ejemplo en Diagonal. Como persona de ideas libertarias no tengo ningún nexo con ningún nacionalismo o tendencia partidaria de ningún tipo.

    He considerado oportuno hacer este comentario antes de que surgiera alguien desinformado.

    Salud y ausencia de amo.

  • Jamón de pata negra

    Excelente artículo, revisitar los clásicos en los tiempos que corren es un ejercicio de lucidez. Resulta necesario reconstruir nuestro sistema referencial y el artículo ofrece una interpretación argumentada y esclarecedora de un clásico cuya vigencia queda demostrada. No podemos permitirnos perder la herencia cultural del siglo pasado, su comprensión y análisis nos permite enfrentarnos con energías renovadas al mundo en que vivimos. El tratamiento que ofrece este artículo nos conecta con esta herencia cultural, en peligro de extinción, y ofrece una excelente perspectiva para situarnos en el proceso masivo de cambio en que nos hayamos sumergidos. El Cine, la experiencia y la vida nos ofrecen lecciones que no debemos olvidar, en el texto, su autor analiza con claridad y concisión admirables las implicaciones actuales del “experimento” de Fritz Lang, recuperando para el público actual, toda la riqueza y la fuerza de su contenido simbólico. Espero que esto no se acabe nunca, ¡¡Viva el cine!!

    • cineypoesia

      Pues muchísimas gracias, me alegro que te haya gustado. De todas maneras era un contenido simbólico en ocasiones muy explícito, que seguramente intoxicó a mucha gente y que a dia puede que lo siga haciendo de manera subliminal. Parece que cuando una obra alcanza la condición de obra maestra el público se la bebe con los ojos de manera acrítica.

      Salud. Para eso estamos.

      • Roko

        Cineypoesia soy yo, aclaro, con el nick de mi nuevo blog en wordpress, 🙂

  • tfrd2308

    Buena descripción de un Filme que está plagado de simbología y que seguramente fue un referente para muchos cineastas porsteriores. El artículo se lee muy bien, y se comprende el contexto en el cual se produjo esta obra de Arte, que en cierto modo es una premonición y un espejo de las situaciones que se presentaron en la posterior Alemania Nazi. Conozco mejor otras obras de Fritz Lang, y su historia como Genio al cual se intentó utilizar para promover las Ideas Nazis, y cuya capacidad avanzada a su tiempo de utilizar el lenguaje del Cine le trajo muchos problemas.

    • Roko

      Bueno, lo que pretendo con el artículo es que nos olvidemos un poquito de que Fritz Lang era un genio y que en 1933 se exilió de Alemania y todo eso, y que veamos que en 1926 rodó una película antisemita y estrechamente vinculada al nazismo. En mi opinión si se sigue mitificando a las obras de arte por su maestría estética y se olvida las circunstancias sociales y éticas de la obra en su tiempo y en el tiempo actual, se formarán espectadores acríticos con los productos culturales y eso no es bueno ni para el arte ni para la sociedad.

      Su tribulaciones posteriores serían materia de un análisis global de su biografía, que no es el motivo del artículo, pero si nos atenemos, como debe de ser, a analizar la obra en sí, y esta obra en concreto, se entiende muy bien que hemos de meditar con detenimiento lo que Lang ofreció en 1927 a una Alemania en crisis económica y la contribución a lo que sucedió con posterioridad en su pais, por más que no estuviera de acuerdo. Algo así como que “cada palo aguante su vela”.

      Salud.

  • Guillermo

    Para quien no haya visto la pelicula,símplemente leyendo el artículo dan ganas de verla.

  • McShuibhne

    Me parece un artículo excelente, muy trabajado y muy bien llevado, que recorre aspectos claves de la película y del contexto en el que se filmó (intrínsecamente ligados).

    Aunque es cierto que “Metrópolis” no ha perdido un ápice de actualidad, no es menos cierto que el desarrollo de mecánica y tecnología están llevando ahora a extremos no tan sospechados quizás en aquella época el dominio de la máquina sobre el ser humano. Me refiero a que frente a la máquina unida al hombre o el hombre esclavizado por la máquina, los avances en tecnología permiten ahora prescindir del ser humano, de su mano de obra, para el desarrollo de múltiples actividades, lo que desubica al hombre, que entiende el trabajo como pilar para el desarrollo de su vida; y esto entronca con aquello de que el trabajo nos hace libres. Un hombre excluido del sistema laboral por el uso de tecnología que permite prescindir de él se siente un hombre atrapado, sin salida, encarcelado. Basta con entender que muchos despidos tiene que ver con el desarrollo tecnológico y un sistema de producción de bienes y servicios cada vez más mecanizado al que le sobra mano de obra. ¿Es esto desarrollo? Lo cierto es que creo que la pregunta ofrece múltiples respuestas. Pero quizá, sólo quizá, nuestro problema radique en haber supeditado nuestras vidas a un sistema de producción mecánico sin buscar el desarrollo de actividades alternativas que redunden en el desarrollo personal y del colectivo.

    Por otro lado, revisando un poco la idea de los subterráneos de la sociedad, resulta interesante ver cómo a partir de mediado del siglo XX la idea del subterráneo cambió y se ha ido asociando al inconformismo, a la alternativa, a los inadaptados, a los desesperados, a los críticos, a la creatividad… Ejemplos hay muchos, pero podemos hablar por ejemplo de un título claro como es la transgresora novela de Jack Kerouac “Los Subterráneos”, donde se desenvuelven voces y sonidos “improvisados” (el jazz de Kerouac) -improvisar es casi una afrenta en una sociedad absolutamente mecanizada y moldeada- que se contraponen a esa sociedad acomodada y edulcorada del “american way of life” y, a la postre, fracasada e hipotecada hasta las cejas (a los hechos me remito). O podemos recurrir a algo más popular como es el uso que hemos hecho en las últimas décadas del término anglosajón “underground” (subterráneo, en castellano) para definir todas aquellas manifestaciones y movimientos sociales y culturales que se apartan de la norma, de lo establecido, que van a la contra.

    Y ya no me enrollo más.

    Felicidades por el artículo.

    • cineypoesia

      Lo primero gracias por tu análisis y por tus palabras. Me llena más de alegría recibir este feedback y de alguien además tú que tiene cada día la lupa puesta sobre los artículos de tanta gente.

      A ver, hay suerte porque las referencias culturales que manejas en tu comentario las conozco. “Los Subterráneos” no es una buena novela, es mejor que “Los vagabundos del Dharma”, pero no es buena. Y la película (hay una película) es peor. Pero yo creo que esa inmersión en lo subterráneo por parte de sectores de la civilización occidental tiene dos partes. Durante gran parte de la historia era algo obligado, los cristianos no fueron los primeros en meterse en las catacumbas y después de ellos lo hicieron muchos, por ejemplo los conversos que seguían practicando su propia religión, hay restos de otros cultos hasta en las catacumbas de algunos monasterios. Y muchos otros después: los sindicalistas, los agitadores políticos, todos los bienintencionados a los que les pillaba una ola de represión y de oscuridad. Pero después de la segunda guerra mundial, a partir de los cincuenta (los beatnicks) y aún más a partir de los sesenta la razón de lo subterráneo creo que sería mas freudiana. Los placeres se esconden, lo placentero, quizás también porque es subversivo (y esto lo explican muy bien los situacionistas) necesita de la noche para mostrarse, para poder esconderse si es descubierto. La noche misma es subterránea al día. Lo underground es, ante todo, hedonista, las drogas, la música, el sexo y el placer está prohibido por los mismos que salieron de las catacumbas.

      En el caso de Metrópolis creo que la intención era clara, sustituir la clandestinidad de la agitación obrera por una religión laica, aparentemente subversiva, que aguardaba el advenimiento de un fuhrer que mediara en el conflicto entre las clases sociales y subvirtiera el orden existente por uno más justo. Una utopía nazi. Lo interesante es que caló, es que, en lo ideológico, en las relaciones del mundo del trabajo, en la lógica militar, en la expansión de los imperios, en la organización vertical de la pirámide social, los nazis ganaron la guerra. Hoy los sindicatos en su mayoría son mediadores, los estados mayores hacen, o pretenden hacer, guerras relámpago, la izquierda mayoritaria acepta el sistema cual es y sólo pretende suaves reformas, las utopías de izquierdas se han abolido en todas partes excepto en el imaginario colectivo, la religión ha vuelto a crecer en influencia y está cercana a tener un poder que no tenía desde la ilustración. Y podría seguir, con el lugar del deportista, tan cercano a la idea aria del individuo, excepto en la raza, o la misma glorificación de la fuerza como una magia que nace de una convicción moral.

      Eso por un lado. Sobre la mecanización, bueno, el mismo Keynes preveía que al ritmo de desarrollo industrial de los años 20 a finales del siglo XX la jornada laboral sería de 3 horas y los sueldos mucho mayores. La mecanización no es mala, es muy positiva, lo que ha pasado es que la parte de trabajo que quitaban las máquinas se la ha quedado alguien en forma de beneficio. El horizonte utópico desapareció tras la guerra, las organizaciones obreras dejaron de ser un instrumento de superación del orden de cosas, se redujeron a ser meros negociadores del salario, taimadamente porque ahí estaba la URSS para frenarles, y lo que iba ganando la tecnología al sudor y a la sangre lo convertían unos pocos en sus beneficios económicos, y no llegaba a la clase trabajadora. Lo entendieron los ludditas, no es que las máquinas fueran malas sino que las iban a utilizar para explotarles mucho más. Cuando envié el primer artículo a sinfuturo me comentaron que había que ser un periodista todoterreno, escribir el artículo, hacer las fotos, grabar un podcast, un vídeo, maquetarlo todo y comentarlo con los lectores. Eso pide el mercado, pero como en tantas otras profesiones a la larga habrá sido echarse piedras contra el propio tejado. No sé qué piensas tú pero cuanta más gente tengan para cada vez menos puestos de trabajo menos pagarán a la gente y peor se realizarán esos trabajos multitarea. Y no me enrollo más, que me he enrollado más que tú. Ha sido un placer 🙂

      Salud y ausencia de amo.

      • McShuibhne

        En referencia a “Los subterráneos” de Kerouac, la catalogué no de buena, sino de transgresora por su estilo narrativo experimental; eso ya merece para mí un reconocimiento. En cuanto al sentido freudiano y hedonista de lo underground en la cultura moderna, es cierto que de alguna manera está impreso en él, pero hay mucho de agitación cultural, social y política, de ideas y acciones, de conciencia individual y social, que cuestionan desde una resistencia cuasi clandestina lo establecido e impuesto como norma y normalidad para las masas, y que entronca con esa resistencia bajo suelo a la que te refieres con los ejemplos históricos que ofreces.

        De todas formas, en todo esto lo que subyace es el concepto de identidad e identificación (individual, colectiva, cultural, geográfica, política…) del que tanto depende el ser humano y que ha sabido manejar muy bien el totalitarismo. Hay algo que siempre me ha llamado la atención y es esa necesidad que tenemos de tenerlo todo identificado, catalogado y delimitado. Un ejemplo claro, práctico y sencillo es el de los periodistas. Casi no hay entrevista en la que un periodista le pregunte a un músico: ¿Qué estilo o género es su música? Una pregunta que, por mi experiencia, sé que, en general, detestan los músicos. ¿Por qué? Pues porque esa pregunta implica poner límites a la creación, al arte, al ejercicio realizado por el artista. Pero necesitamos identidades e identificaciones para movernos con “orden” en una sociedad “ordenada”.

        Y fíjate la importancia que cobra el concepto de identidad en “Metrópolis”: el robot toma la de María para valerse del poder que transfiere.

        Estoy, por otro lado, muy de acuerdo en tu explicación sobre las herencias que mantenemos del sistema y la filosofía nazi. La sociedad occidental en sí responde casi perfectamente al modelo nazi. Ejemplos, los que das y muchos otros: el uso propagandístico de deportistas de elite para avivar sentimientos grupales y de unidad es un clásico; ojo a la publicidad infantil y su lenguaje no verbal: son los niños arios los que asumen roles de líderes (hice un estudio sobre ello que tengo que recuperar); en cuanto al sistema de trabajo, tú lo has dicho, ahí están los “benefactores” sindicatos y sus resultados; también tenemos las guerras de Irak, Afganistán… En fin, ejemplos sobran en todos los ámbitos.

        Y para finalizar, el mercado laboral y el papel del periodismo es algo que ya he tratado con mucha crítica en mi blog. El periodismo es un buen ejemplo de cómo el desarrollo tecnológico se usa como excusa para desprenderse de trabajadores, cuando lo que realmente está demandando la sociedad, la llamada sociedad de la información, en realidad es más calidad y rigurosidad en los contenidos, y eso no lo aporta la tecnología, sino la mano del profesional. Lo que le falta al periodismo son profesionales en las calles. Los grandes medios se han confundido al pensar que la tecnología es un fin y no un medio. Pero esto es demasiado largo y profundo de explicar y tampoco creo que éste sea el lugar para hacerlo.

        De todas formas, parte de lo que pasa en el periodismo es reflejo de lo que sucede en la mayoría de los sectores. Mi teoría es que ésta ha sido una crisis forzada para conseguir eso a lo que tú te refieres: cuanta más gente tengan para cada vez menos puestos de trabajo, menos pagarán a la gente. Destruir puestos de trabajo para ahorrar costes en recursos humanos primero, desprendiéndose de mano de obra y, luego, generando una gran demanda para una escasa oferta, lo que al final inevitablemente abarata la mano de obra. Cuando esto repunte las nuevas condiciones ya estarán establecidas y nos conformaremos con trabajos más precarios, porque manda la oferta. Yo creo que nos han tendido una trampa y ahora que ya han conseguido lo que buscaban, los tramposos quieren restaurar el sistema y que volvamos a consumir y a confiar en ellos con campañas como estoloarreglamosentretodos.org. Porque nos necesitan como consumidores. Por cierto, fíjate en la campaña y el uso que se hace de iconos de la sociedad: Gasol, Buenafuente, Carlos Sainz, Ferrán Adrià, Melendi… Pues eso, herencias de la propaganda nazi.

        Saludos.

  • cineypoesia

    Muy bueno tu comentario, lamento no haberlo leído antes.

    Sobre lo que comentas de esa resistencia cuasi-clandestina a la norma, yo creo que tiene igualmente un principio hedonista, sobre todo la política. Si uno se opone al sufrimiento, a la explotación, al mal reparto de la riqueza, es para que la gente sea más feliz. En esto se diferencia la izquierda de la derecha un abismo, mientras que para la derecha el cambio social significa que el estado actual de cosas no tenga ninguna amenaza y el infeliz lo sea sin poder amenazar la norma, para la izquierda el cambio social significa la conquista de la felicidad. Es por ese principio hedonista, hábilmente sustituido por el mercado y el consumo, por el que tenemos una crisis en la izquierda. Esto lo explica muy bien Slavoj Zizej. O sea toda esa agitación, en el eidos de la izquierda, tiene como fin la felicidad.

    Lo que dices sobre los músicos y el rechazo de las etiquetas es algo que está muy entroncado con el momento actual de la música, del arte, pero que no comparto. Yo creo que las etiquetas son necesarias para organizar el logos, son necesarias cuando alguien profundiza en una disciplina y necesita ubicarse en la Historia entre lo que se ha hecho y lo que falta por hacer. No es una rutina taxonómica, aunque el mercado haya plegado al público a un etiquetado que se correspondía con la organización de las tiendas de discos. En las tiendas de calidad, las que aún quedan, estoy pensando por ejemplo en Toni Martin http://www.tonimartindiscos.com/ la música está organizada atendiendo a criterios más complejos, por ejemplo los sellos que tienen una producción y unas intenciones más personales tienen su propio lugar. Ya no significaría tanto hacer jazz o blues sino hacerlo con determinado sello o con determinado productor. O sea hay una crisis de las etiquetas tradicionales como hay una crisis de los grandes relatos en la ideologías o en el pensamiento, pero la identidad artística, la identidad musical sigue construyéndose alrededor de ciertos catalizadores de significado, las galerías en el caso del arte, los productores y las discográficas en el caso de la música, los editores en la literatura. Nunca he entrevistado a un músico pero estoy seguro de que si sabe qué ha hecho y con quien estará encantado de que se le pregunte por su productor y por su casa de discos, cuando estas tienen una identidad en el mercado.

    En relación a los roles del nazismo estoy completamente de acuerdo con ello, me encantaría leer ese estudio que hiciste. Una película que hay que nombrar porque está de plena actualidad y que tiene que ver con esto es “La Cinta Blanca” de Michael Haneke. Los nazis no salen en toda la película y sin embargo todo el mundo coincide es que un film que trata de los orígenes del nazismo, de su semilla. ¿Por qué? Porque a lo que asistimos es a una transmisión de roles, cuando esos roles tuvieran la fuerza suficiente para imponerse llevaron a Europa y el mundo al abismo. En Metrópolis hay también una transferencia de roles, de María al robot, como bien señalas, pero es una transferencia, ojo, de los roles de la izquierda, al nacional-socialismo. La agitación obrera, el descontento popular, la clandestinidad, la oposición, son transferidos primero a un robot que los convierte en una caricatura de sí mismos, como lo podrían ser ahora algunas capillas armadas, y después ese rol es reubicado en el mediador que se convierte en líder tanto de una como de otra parte, encarnando el ideal nazi de superación de la lucha de clases. Que el nazismo triunfó en lo ideológico es hoy innegable cuando seguramente cualquiera que lea la expresión ‘lucha de clases’ lo hará con un cierto desagrado y casi nadie acepta que su rol es el de la clase obrera, el de la clase trabajadora. Hoy todos proyectan un rol de jugador de fútbol, de triunfador, de gente que comparte el éxito y el modo de vida de los deportistas, de la gente que sale en la tele, de los héroes de las producciones comerciales norteamericanas.

    Y con el final de tu comentario pues también completamente de acuerdo. El sistema funciona como si estuvieran emitiendo noticiarios bélicos, donde la derrota se convierte en victoria. El mismo modo de vida que lleva consigo la marca de las crisis cíclicas y el sometimiento y la marginación de millones, de la inmensa mayoría, es el acude en auxilio de los que sufren la crisis para que puedan seguir sintiéndose reflejados en los iconos que les han distraído de coger las riendas del mundo, de solucionar los problemas que como sociedad tenemos, de atender a las cosas verdaderamente importantes. Ese “entre todos” no llevará consigo un teletón asambleario donde la revolución sea por primera vez retransmitida. A nadie moverán a salir de sus sofás, ni aún cuando se les acabe el paro. Sólo a que sigan viendo la televisión y sean dóciles y empleen sus últimos recursos en consumir el mundo que desaparece sin arder, sin cenizas, sin más combustible que la carne humana.

    Salud.

    • McShuibhne

      Ahora sí que no me enrollo. La conclusión es que da gusto leer a gente y charlar con personas con la profundidad intelectual que demuestras en tu artículo y en tus comentarios.

      En cuanto a ese estudio que hice sobre el lenguaje no verbal en la publicidad infantil y sus tics racistas, tengo que ir a Vigo a ver si lo puedo recuperar, pues quedó en algún CD perdido en la mudanza a Madrid.

      Lo dicho, un placer que espero repetir en cuanto tengamos otra oportunidad.

      Salud(os)!

      • Roko

        Gracias, para mi la conclusión es la misma, Mc Shuibhne 🙂 Creo además que la profundidad y el interés de una conversación lo hace el interlocutor y por ello ha sido un placer hablar contigo. Me pondría ahora a hablar sobre ese tema de la publicidad infantil pero lo dejo para cuando subas el estudio a tu blog, el cual ahora sigo gracias a twitter.

        Que sea pronto cuando volvamos a conversar aunque ya vamos teniendo nuestros escarceos en 140 caracteres.

        Salud y Tiempo.

  • Mención especial en concurso de periodismo digital « cine y poesía

    […] la internet en castellano. A este concurso presenté tres artículos, el ya publicado en este blog, “Los intoxicados. Metrópolis y las apariencias del alma” y los referentes al festival “Mujeres en Dirección” de Cuenca y a la película con […]

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