Los restos del Mundial (de motos)


VALENCIA.- Gemma Jordán

Los pasados 5, 6,7 y 8 de noviembre se celebró en Cheste la fiesta que siempre viene de la mano con la prueba del Mundial de Motociclismo que se dan en el Circuito Ricardo Tormo. Llevamos once años recibiendo a los moteros; sobre ellos no voy a hacer comentarios, porque no se debe generalizar. Solo digo que, como tal vez hayais visto en muchos medios, cientos de miles de personas invaden un pueblo que, el resto del año solo acoge a unos ocho mil habitantes. Podeis imaginar en qué estado queda Cheste.

El lunes (día 16) salí a correr por el Campillo, una zona de campo, cultivos, y casas de campo (o chalets) muy cercana al pueblo y a la que se llega por un pequeño paseo y carril bici que pasa por el polideportivo municipal, un pabelllón cubierto que se está construyendo al lado y un par de solares o explanadas que los rodean. Es un lugar por donde la gente sale a sacar el perro, caminar, correr o pasear con la bici, y cuando vienen los moteros, se convierten, esas dos zonas (Campillo y polideportivo) en un lugar para que campen a sus anchas, junto con puestos de comida, parcelas de acampada, aparcamientos…

Siempre se ha dicho que este Mundial de Motociclismo deja ingentes beneficios en la población, eso seguro; es mucha gente que viene, paga por un alojamiento y consume. Lo que no me entra en la cabeza es, ¿por qué parte de esos ingentes beneficios no se dedican a adecentar el pueblo después? Quiero decir, ¿por qué más de una semana después de que los moteros se hayan ido, si un chestano quiere salir a pasear o correr, tiene que hacerlo entre la basura que su fiesta ha dejado?

Es sencillamente una vergüenza el estado con el que el lunes se encontraba el Campillo, y este año ha venido menos gente, pero el año pasado toda esa porquería llegaba más allá de la zona delimitada e incluso se metía en el barranco.

Para preparar solares y parcelas para que ellos vengan, sí tenemos prisa y efectividad. Para cocinarles paellas gigantes, tirarles castillos de fuegos artificiales, ofrecerles espectáculos…sí hay dinero. Lo que no acabo de saber es por qué no hay iniciativa para luego dejar un pueblo y unos alrededores que estén algo más que “habitables”.

Mucha de esa basura que se ve ahí, es comida; comida que se pudre, que huele mal y que puede atraer a bichos y alimañas poco deseables, ¿de verdad tan costoso es retirarla?

Favorecer a los visitantes en detrimento de los habitantes habituales parece un mal definitorio de los organizadores de grandes eventos. Además de contener la respiración mientras corría el lunes por el Campillo para no vomitar por todo el hedor que soltaban esos desperdicios 7 días allí abandonados, me preguntaba cuándo narices los ciudadanos despertaremos y dejaremos de soportar ese olvido.

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