Odio los lunes y la excepción cultural


Tratar de analizar el comercio internacional de productos audiovisuales en el mercado globalizado actual del Siglo XXI no es tarea sencilla. No podemos hablar de productos culturales como si habláramos de lavadoras o reproductores de mp3, por dos motivos muy sencillos. El primero de ellos es que los productos culturales son la herramienta definitiva de un pueblo para establecer y perpetuar sus patrones culturales y sociales; es decir, son el mayor instrumento de generación y mantenimiento de identidad cultural definida, lo cual en principio podría ser un conflicto con un mercado globalizado donde no existen fronteras; en cierto sentido, la labor de estos productos podría ser la de delimitar fronteras y no la de anularlas. Por otra parte, no podemos olvidar que el consumo de productos culturales viene marcado por el carácter de éstos de bien de experiencia: es imposible saber si nos gusta o no hasta después de haberlo consumido. Esto actúa como barrera de entrada para productos generados por un patrón cultural distinto al nuestro propio: si no entiendo la forma de ver el mundo de un nigeriano, no entenderé la cultura que generen. Al no entenderla no me gusta y no la consumo. Como no se consume, no aumentamos la producción, porque no va a ver películas nigerianas nadie de fuera de Nigeria. Esto es un mal ejemplo porque, para los que no lo sepan, Nigeria es el primer productor mundial de cine en cuanto a volumen. Pero el ejemplo se entiende.

Así pues, en Europa se estableció hace ya tres o cuatro días la aplicación de la excepción cultural, esto es, que las reglas de libre mercado que se aplican en la Unión Europea para el resto de productos no sean aplicables a los productos culturales. La implantación de esta exención trajo cola en su día y aún la sigue trayendo hoy. La razón que se dio inicialmente para la aplicación de la excepción es que era el único modo de preservar las identidades nacionales dentro de la UE, el único modo de defenderse del gigante americano que llena nuestras salas de cine, nuestras televisiones y nuestras librerías. Lo que es cierto, en todo caso, es que en Polonia más del 90% del cine consumido es estadounidense, y no ha sido un país precisamente muy influenciado por EEUU hasta la caída del telón de acero, y que la excepción cultural a efectos prácticos lo que hace es proteger el mercado nacional de producción de cultura a través de ayudas y subvenciones a las empresas.

A esta medida le han llovido críticas, que podríamos clasificar en dos tipos: críticas al fundamento y a la efectividad. La crítica más dura hacia el fundamento es la que dice que la excepción cultural no es más que una forma de camuflar la censura. Al promover no sólo la producción y consumo de producto exclusivamente nacional, sino también al poner trabas a la entrada de productos extranjeros en tu mercado -por extranjeros entendamos norteamericanos-, se da al Estado la capacidad de decidir, dentro de lo que cabe, qué ve la gente y qué no. Existe, pues, el riesgo del dirigismo cultural, de que el Estado mire a sus ciudadanos por encima del hombro y les diga qué es lo que es bueno para ellos, que es una base ideológica del socialismo y la esencia misma de un despotismo ilustrado que podría ser adaptado al Siglo XXI. Otra crítica asociada a ésta es que el libre mercado de productos culturales no tendría por qué generar aculturación -la pérdida de identidad cultural de un país o zona- sino simplemente un cambio. Hay una presuposición por parte del Estado de que el ciudadano es una especie de buzón de correos al que puedes echar cosas que se traga sin rechistar y que consume sin voluntad propia: la aplicación de la teoría de la aguja hipodérmica de Laswell al comercio de cultura. La última de las críticas al fundamento incide sobre el hecho de que la discriminación se hace según criterios de nacionalidad y no de calidad; así, premiamos, subvencionamos y damos facilidades a infames productos españoles que nadie en su sano juicio querría ver -la última de Willy Toledo, por ejemplo- mientras que ponemos trabas al buen -y al malo también- cine americano. Además, este criterio nacionalista tiene poco que ver con el patrón cultural, y de nuevo vuelve a ser un incentivo para el mercado interno.

Las críticas a la efectividad de la excepción cultural son también abundantes, y además todas refrendadas una y otra vez en los últimos veinte años por el hecho de que la inmensa mayoría de cine que todos seguimos consumiendo es cine americano. La primera de ellas es que incentivar la producción de cultura nacional no implica que la gente vaya a consumir esos productos. Puedes bombardear las salas con diez Los abrazos rotos por semana que si la gente no quiere ir verla no a ir. Las dos siguientes tienen que ver con el modo en cómo se gestionan las ayudas: las famosas y controvertidas subvenciones. Así pues, se esgrime como argumento que la producción no va a intentar ser mejor ni competitiva con respecto a los productos que realmente funcionan dentro del mercado, sino que simplemente se va a intentar llegar a los requisitos mínimos para poder recibir la subvención. Esto provoca, además, una internalización de la ayuda, ya que las partidas de dinero que destina la Unión Europea para crear un mercado europeo global y diverso se quedan siempre en los mercados nacionales cerrados, que nunca llegan a comunicarse entre ellos. Además, esto mismo provoca que el mercado nunca llegue a ser competitivo, porque es algo que realmente no le preocupa; la mayoría de las productoras españolas viven de la mendicidad del Estado y la Unión Europea. Finalmente, parece bastante evidente que la excepción cultural no ha conseguido en ningún caso perjudicar a los grandes grupos norteamericanos, aquellos contra los que se había propuesto luchar.

En los últimos años hemos pasado de hablar de excepción cultural a hablar de diversidad cultural; en la actualidad se aplican algunas normas del libre mercado a los productos culturales, aunque se permite la intervención del Estado en este mercado cuando sea necesaria. La reflexión y pregunta final acerca de este asunto tiene que ver con dónde colocamos los valores culturales y los económicos en un mercado como éste, y con preguntarnos qué es realmente la cultura. No parece ser tarea fácil responder a esta pregunta: sólo la UNESCO recoge más de 200 definiciones diferentes para este término. También tendremos que tener en cuenta que Internet ha cambiado la concepción del comercio internacional en los últimos años. Con Internet, todos los procesos cambian y se aceleran y se multiplican, y quizá en 10 años preguntarnos por estas cosas esté totalmente obsoleto porque finalmente habremos podido llegar a comprender el cine nigeriano a fuerza de bajárnoslo de Internet.

PD: el mercado audiovisual europeo pierde unos 8.000 millones de euros anuales. 400.000 puestos de trabajo.

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