Un final para una historia


Es cierto. Lo debía. Después de haber publicado dos entradas sobre el desarrollo de los acontecimientos en los Abruzzos, de cómo me sentí y cómo viví todo el asunto del terremoto, lo mínimo que debería haber hecho es sentarme delante del ordenador y escribir un final.

Pero no lo hice. No trataré de excusarme. Aún así, nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refranero popular.

Al final, todo se resolvió de una forma más o menos “feliz” (y lo pongo entre comillas porque no es justo otorgar este adjetivo a un desastre que ha costado casi 300 vidas). El Cónsul español en Nápoles vino a recogernos en un autobús, y los 25 estudiantes Erasmus que aún quedábamos en el pueblo partimos hacia Roma. En el camino, nos informaron de que seguramente nos pondrían un avión para Madrid y ya cada uno se las apañaría como pudiese para llegar a su casa. Pero debido a una intervención mía, en la que dejé patente mi imposibilidad de llegar de forma económica a las Canarias, el señor Cónsul se planteó su decisión y resolvió dejarnos decidir en qué aeropuerto queríamos aterrizar. Por lo tanto, cada uno partió para la zona de la geografía española que quedaba más cerca de sus hogares.

En Roma nos ofrecieron un albergue gratuito para pasar la noche, aunque a decir verdad dormimos más bien poco. Los primeros salíamos a las diez de la mañana, por lo que había que salir temprano para el aeropuerto. Además, a las tres de la mañana volvió a llamarme mi compañera de piso para preguntarme si estaba bien (ella sentió, otra vez, el nuevo terremoto que había sacudido las camas de miles de personas, y quiso saber si yo, desde la capital, lo había notado). Ya iba por cuatro noches sin dormir, o para ser más correctos durmiendo una media de tres horas. Al final, el jueves 9 de abril aterricé en el Aeropuerto de Gando, en Gran Canaria. Mi madre, mi padre y mi hermano me esperaban. Ahora podían creerse que estaba bien, que nada me iba a suceder.

Pero lo cierto es que los movimientos sísmicos continúan. A pesar de todo, la Università degli Studi di Teramo reanudará sus clases el próximo lunes, y a mi me quedan dos asignaturas para salvar el curso. La mayoría de mis compañeros tienen sus billetes de avión para el sábado (proveídos, por cierto, por sus respectivas facultades), pero yo aún sigo algo indecisa. Las pocas ganas de dormir entre meneos y la negativa de la Universidad de Sevilla a ayudarme con los costes no contribuyen a que me determine por volver en esta semana.

Sea como sea, lo único que es seguro es que el próximo 25 de abril debo estar en Florencia. Ni un terremoto puede posponer ya por más tiempo el momento de conocer esta ciudad mágica, mas impresionante que Roma (dicen algunos),  con su David y sus pequeñas ciudades encantadoras rodeándola (Pisa, Lucca, Siena…). Así, al menos, podré morir tranquila.


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