Entrevista a Xabier Pikaza en la Drogoteca


En la Drogoteca, su autor, Symposion, ha colgado una entrevista con el teólogo Xabier Pikaza a raíz de la inclusión por parte de la Iglesia del hecho de drogarse como nuevo pecado. Su intención es intentar conocer la postura de la Iglesia sobre las drogas, pero la entrevista no se centra solo en este tema, también hablan sobre el papel de la Iglesia respecto a la educación o la homosexualidad, o los pecados.

Sus palabras rezuman amor por la humanidad y la libertad, y también comprensión hacia el ser humano; sin embargo, al terminar de leer la entrevista, me he quedado con la sensación de que aunque Xabier Pikaza sea un teólogo católico, sus palabras no reflejan la postura actual y real de la Iglesia católica. Pero ésta es mi opinión, para que vosotros podáis forjaros una propia, pinchad aquí para leer la entrevista completa.

Aquí dejo este:

-Drogoteca: Hasta ahora, si no me equivoco, la postura oficial de la Iglesia no condenaba el consumo de ninguna sustancia, sino que condenaba cualquier hábito que supusiera una destrucción física o psíquica del individuo. ¿Es correcto? Dentro de esa perspectiva, el consumo de heroína o cocaína, por nombrar dos sustancias cuyo abuso puede provocar problemas de salud, no se diferenciaba esencialmente del consumo de tabaco, hamburguesas o pastelitos de chocolate. La consideración de “pecado” que podían recibir era dependiente de las consecuencias derivadas de su forma de uso sobre el sujeto. ¿Cambia en algo la posición con las declaraciones de Girotti?

Xabier Pikaza: En principio, Girotti no dice qué pecados concretos se pueden cometer en el mundo de las drogas, sino que ofrece un principio general, diciendo que debe tener mucho cuidado porque “por medio de las drogas se debilita la psique y se oscurece la inteligencia, haciendo que muchos jóvenes queden fuera del ámbito eclesial” (“si indebolisce la psiche e si oscura l’intelligenza, lasciando molti giovani al di fuori del circuito ecclesiale”). El mal de las drogas estaría en que producen un “debilitamiento y oscurecimiento de la psique-inteligencia”, que incapacita al ser humano (especialmente a los jóvenes) para vivir una existencia consciente y libre (como se supone que pide la iglesia). Pero hará falta ver si eso es cierto, y si es cierto en todas las ocasiones.

Por otra parte, Girotti no resuelve el problema más importante, el más sangrante, vinculado al mercado “ilegal” de drogas de diverso tipo que es, a mi juicio, el mayor de los pecados, con clanes mafiosos y con gran cantidad de muertos y miles de encarcelados en todo el mundo. En ese campo del “tráfico de drogas” se podría hablar de pecado capital. Al mover mucho dinero “ilegal”, el mercado de la droga se ha convertido en uno de los motivos más fuerte de violencia.

Volviendo al tema anterior. Por lo que toca al consumo de drogas, la postura de la Iglesia oficial ha sido siempre bastante “amplia” (ha sido más que tolerante). Por analogía, podemos recordar en este campo el tema del vino. En contra, por ejemplo, del Islam, la Iglesia no sólo ha permitido el consumo del vino, sino que lo ha estimulado y sacralizado como medio “sacramental” de comunión (de unión de personas que beben recordando a Jesús) y como signo de disponibilidad a la entrega de la vida a favor de los demás (sacrificio). El uso de un tipo estimulantes no sólo ha sido tolerado, sino que se podría decir que ha sido promovido en la Iglesia.

Pero hay unos principios “reguladores” en el uso de ese vino (y de todo vino):
(1) Los que consumen vino (o droga) deben conservar la libertad y la conciencia básica, para poder ser ellos mismo y amar a los demás.
(2) El uso del vino (y de la droga) debe ser comunitario, en el sentido extenso de la palabra: debe fomentar la comunicación y la solidaridad mutua.

Quiero insistir en esto. Con la tradición judía, Jesús y la Iglesia primitiva han conocido los riesgos del vino. A pesar de eso, han tomado la bebida como un signo “sacramental” de salvación, es decir, de transformación interior, de vinculación social (se trata de una copa compartida) y de esperanza utópica (por no decir “escatológica”, en lenguaje cristiano).

Los que beben juntos recordando a Jesús saben que habrá un “final bueno”. En su Última Cena, Jesús ha despedido a sus amigos con una copa de vino, prometiéndoles que la próxima la tomaría con ellos en el Reino de los cielos (Mc 14, 25). Eso significa que el vino compartido (vino-vino, no un sucedáneo, ni una gotita) es signo de algo más grande, de una esperanza superior de humanidad. Ese vino no se cierra en sí, no es vino de borrachera egoísta, sino que es una empresa y promesa común de salvación.

En esa línea, habría que distinguir en el uso y finalidad de los “estimulantes”, precisando lo que pueden tener de ayuda humana (personal y social) y lo que puedan tener de riesgo de destrucción psíquico-intelectual (y social). Lo mismo en el caso del vino como en el de otras drogas. Éste es un tema que se debe seguir estudiando en el plano médico y económico, social y religioso. Pero, en sentido general, puedo decir que hay un tipo de estimulantes que pueden ayudar a vivir mejor, con más conciencia, con más compromiso (como se supone que es el vino, en la celebración cristiana de la eucaristía), y otros que pueden ser destructores de raíz, porque aíslan, porque crean una adicción que impide vivir en libertad, quizá porque son peligrosos para la salud…

Los críticos radicales dicen que la mayor parte de las drogas están en esa segunda línea, en la línea destructora: no abren la inteligencia, sino que la cierran; no crean libertad, sino que promueven adicción; no curan ni animan, sino que esclavizan, de manera que se puede hablar de una drogo-dependencia, de una esclavitud, de una destrucción causada por las drogas… Este riesgo hay que tenerlo muy en cuenta.

Por eso hay que distinguir los casos entre drogas y drogas (entre las que crean adicción y las que no), entre personas a las que “abren la conciencia y la capacidad de amor” y personas a las que destruyen. En esa línea, más que tema de pecado (y de policía) el consumo de drogas es un tema de educación, de discernimiento, de madurez y, sobre todo, de desarrollo personal y de vinculación social. Lo que importa es que los seres humanos puedan vivir en libertad, siendo felices, para amarse con más intensidad. Desde ese fondo debe valorarse el tema de las drogas.

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One response to “Entrevista a Xabier Pikaza en la Drogoteca

  • Symposion

    “Xabier Pikaza sea un teólogo católico, sus palabras no reflejan la postura actual y real de la Iglesia católica. Pero ésta es mi opinión.”

    Las palabras de Pikaza revelan la postura oficial en cuanto a drogas que se desprende de la doctrina de la Iglesia.
    No existe una normativa concreta para ellas, sino que se las juzga según lo que causan al ser humano.

    Pero si ni siquiera los médicos están formados en este aspecto, ni se atreven a diferenciar entre unas y otras, ¿que se puede esperar de un cura?

    Ellos, como un panadero o un ferretero, sabrán de drogas en la medida en que tengan relación con ellas.
    Si a eso se le suma que la iglesia suele estar implicada en temas de ayuda social a drogodependientes, pues la imagen que tendrá sobre “la droga” no puede ser muy positiva.

    Por eso dice Pikaza que HABRÁ QUE DISTINGUIR CUALES hacen bien, a quién le hacen bien, y cuales no, o sus usos.

    En el resto de las cosas, como él comenta, expresa lo que una parte de la iglesia siente y piensa, y a la vez, un pensamiento que conlleva una esperanza o un deseo.

    Siendo Xabier Pikaza una de las voces más discrepantes con la doctrina y aplicación que hace y ha hecho el Vaticano en muchas cuestiones, es comprensible que quiera que la gente comprenda que Iglesia no son sólo ese 0’00001% de jerarcas y cardenales, obispos y cargos.
    La iglesia es la asamblea de todos sus miembros, pero por desgracia la voz que se escucha es la de unos pocos.

    Bastante tiene la iglesia con ponerse al día en cuestiones tan elementales como democracia, sexismos, igualdad de funciones o derechos humanos.
    Y ahí si que me refiero a la iglesia (es)Va(s)ticana.

    Los integrismos nunca han hecho bien a nadie, y si siguen por ese camino, acabarán siendo una anécdota en la historia, de aquí a unos siglos.

    La Iglesia, para poder salvarse, ha de morir primero.

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